Rafael Chirbes II: Los pasos del novelista

La escritura no es sólo mi modo de ganarme la vida, es cómo me gano mi alma” (Carson McCullers)

A Cervantes le etiquetaron de ingenio lego los mismos biógrafos que lo convirtieron en escritor nacional: lo masticaron y regurgitaron como católico que disipaba todo rastro de azufre erasmista, hombre tridentino que se alejaba de su heterodoxia. Resulta harto irónica que un voraz lector, un humanista garcilasiano, fuera rebautizado gracias a sus exégetas como escritor vulgar, hombre ignorante con un solo destello de gloria. Los hermeneutas cervantinos concibieron su Quijote como milagro casual entre una colección mediocre de obritas, no advirtieron que el arte cervantino sumaba con exquisito gusto suficientes ingredientes de erudición, ironía y experiencia. Américo Castro de un plumazo cambiaría esa visión siglos después.

Si a Dickens o a Balzac lo han convertido en escritores nacionales, a Galdós lo encerraron entre cuatro paredes de olvido, acallaron su republicanismo, su rechazo final a la burguesía, su arte que parece casualmente prosaico y no es sino registro de la lengua viva.

Con Chirbes no debieran cometerse tales despropósitos. Sabemos que Chirbes escribe consciente de su oficio, es el pájaro y ornitólogo de su oficio, muy capaz de cartografiar su propio Parnaso, conoce la tradición, es buen lector y además, sus novelas muestran con hábil disimulo su banco de trabajo. Es consciente de su escritura, pero sin tropezar nunca en el mal que aqueja al postmodernismo: el narcisismo de los juegos actuales, que convierte en fósil a las ricas vanguardias, que celebra un esteticismo ensimismado, ajeno al lector y al mundo externo.

Sancho Panza y rucio de Gustavo Doré

Sancho Panza y rucio de Gustavo Doré

Tenemos otra vía para no desvirtuar o malinterpretar su obra imaginativa: sus ensayos nos ofrecen un mapa fiel de su concepción narrativa, de sus inquietudes éticas y del peso de la tradición; mucho del teórico tiene su traducción en la práctica de su escritura narrativa.

Los escritores actúan como pacientes pescadores, arrojan su anzuelo, esperan cautivados por los juegos de luz del agua, contemplan las agitaciones y temblores del hilo, sueltan y recogen. Arte de la paciencia es el del novelista, tan arduo y dúctil que requiere por ello de maestros. En el caso de Chirbes, si remontamos la corriente tendríamos a Max Aub, a Pérez Galdós, a Miguel de Cervantes y a Fernando de Rojas, número simplificado de notas en una partitura siempre más compleja, aunque a la sazón clarificadora. No olvidemos que esa herencia estética y ética viene tamizada por su raigambre marxista y por sus estudios teóricos de la narrativa, dígase Bajtin a Propp.

II

Nuestras lecturas son una experiencia vital, un dato biográfico, capaz de moldear nuestro carácter, capaz de cambiar nuestra impresión del mundo, así que la biblioteca personal de un creador puede resultar que es un hecho tan trascendente como un viaje o una aventura sentimental. Quizá la lectura de Bergson pudo significar y mellar en Machado, pero leemos El olmo viejo según el dato de la muerte de Leonor; a menudo, nos interesa más la homosexualidad de Withman que su pasión por Emerson. Los maestros de Chirbes pueden tener igual de incidencia –o más- en su escritura que sus estudios de Historia Contemporánea, nacer en Valencia o estudiar en un colegio de huérfanos.

Su escritura refleja una conciencia cervantina, hereda del escritor una visión dialéctica de la vida y del arte con la que evita el dogma, la certeza, el discurso trillado. Las confrontaciones entre Sancho y Quijote, opuestas en torno a un yelmo o a un molino, logran camuflar –incluso anular- la voz del narrador, que siempre quiere imponerse. Escribía de Cervantes: “Su moral se expresa en la propia organización del texto, y no en un discurso que pide prestado al exterior”.

El perspectivismo en las novelas de Chirbes libera al texto de ataduras personales, de pasiones y manías propias del ego; las múltiples voces (polifonía según la terminología de Bajtín) se multiplican en Los viejos amigos, La larga marcha… y crean un espacio tolerante, movedizo, que exige un lector atento. Asume con Cervantes la audacia de demoler la solidez de los monolitos, a disolver el peso de las verdades absolutas. Es una virtud que neutraliza el dedo en la balanza y pone a prueba su fuste ético al colocarse más allá de su techo de cristal y situarse en la mente de un franquista (Los pasos del cazador), de un progre (Los viejos amigos) o de un mafioso (Crematorio).

El narrador es cambiante y por tanto, los mosaicos ensanchan el caleidoscopio, pero abren el campo de la sospecha, obligan al lector a cuestionar los discursos retóricos, el carácter voluble, las falsas realidades de los personajes. Nos pone en guardia. Su compromiso no es salvar los muebles ni mucho menos, aclarar sin ambigüedades y a priori su bando; su lealtad es con la novela. Eso supone un desafío: aceptar la deriva de una novela que indaga, que crece desde la desconfianza. “La novela perfecta es imperfecta” afirma Chirbes.

El testigo que recoge de Cervantes es más rico que estas líneas escritas: la desilusión, la desesperanza, la ventana al mundo… Quizá El coloquio de los perros, espejo de la crueldad humana, tan irónica como cruda, resulte a los lectores de Chirbes un buen referente.

Muchas veces se ha mencionado la importancia de Balzac en buena parte de narrativa de Chirbes. La ambiciosa y descomunal misión de Balzac, su Comedia Humana, en pleno siglo XIX parece tener su correlato en el fresco de Chirbes. Retrata el franquismo, la transición (o régimen del 78), el camino de la democracia hasta la crisis, pero hay más alma que rentas en el materialismo de Chirbes. El desfile de las clases sociales se observa desde la vida íntima, privada; como secretario de su tiempo, explora las contradicciones sociales con escalpelo poético, su prosa es concreta, mira la tierra desde los de abajo, sin épica, sin glorias. Su Historia es la historia minúscula, una intrahistoria matizada, que es más la de Brecht que la de Unamuno.

No podemos descartar que su Balzac sea Galdós y en especial, el de su última época, ya ciego, ya vencido, cuando su proyecto de testimoniar la lucha de la burguesía se inunda de desencanto, cuando los hechos históricos demostraron que la clase moderada vendía el cambio social por propiedades y tributos (con olor a sacristía y a pólvora militar); Chirbes se inclina por el Galdós que anuda con melancolía su último afecto hacia las clases trabajadoras, hacia los perdidos. Le interesa el Galdós que se convierte en representante de los nazarines que maúllan sin misericordia, que cantan como Simón en los desiertos. “Hay una esperanza pero no para nosotros”. Como Galdós, Chirbes operará desde la decepción y como un boomerang, regresará al pasado no para reconstruir un episodio nacional sino para avisar al presente de los peligros.

Benito Pérez Galdós

Podríamos contar con el peso de Goya –sus pinturas negras-, el Larra paródico y trágico… en su escritura y hacer innumerable y tediosa la lista de fantasmas que asedian sus costuras narrativas. En lugar de nublar con perdigonazos su paisaje, es mi tarea aclarar con un último disparo -o párrafo- este artículo que aunque incompleto y seguramente inexacto, pretendía entender los pasos de nuestro mejor novelista y cazador –o cuanto menos, el que más arriesga- en este nuevo siglo.

Chirbes ha volcado en repetidas ocasiones su admiración por Fernando de Rojas y su gran obra, La Celestina. Rojas dinamitó géneros, trastocó la hegemonía del discurso medieval, introdujo un festín de vida, sensualidad y provocación con esta tragicomedia de dos jóvenes, Calisto y Melibea, que se manosean y son manoseados por criados, alcahuetas y destinos burlones. Todo gran novelista –y Chirbes lo es- supo encontrar en esta novela dialogada logros modernos, elecciones estéticas que aún hoy siguen maravillando: Rojas había ensayado cien capas de lecturas, nos había mostrado la diversidad lingüística de su tiempo y por encima de todo, había desvestido las retóricas del lenguaje de su época: discursos, clichés, expresiones y pensamientos fosilizados en la costumbre del tiempo-.

Traducir estas influencias, reconstruir técnicas, vitalizar estos ecos, repensar estas tradiciones en una narrativa singular es tarea de héroes. No ha de ser reducido el reconocimiento ni errada la interpretación –como sucedió con Cervantes o Galdós- pues el peso de esta gran tradición suele asustar y ahuyentar la voz del hombre que quiere escribir, silenciándolo; desde la admiración y la contienda con nuestro pasado literario, Chirbes hace suya la expresión de Heráclito y logra ser maestro entre maestros. O como dijo después después el otro sabio, Fernando de Rojas: “todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla”. De la refriega con tales maestros, Chirbes ha salido indemne.

Celestina de Pablo Picasso

Celestina de Pablo Picasso

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