Pleamar de sangre y whisky en Atlantic City

Introducción

Todos tenemos que decidir por nosotros mismos con cuánto pecado se puede vivir” Enoch Thompson

Un hombre con un clavel en el ojal de su chaqueta observa el mar mientras inhala el humo de un cigarrillo; nuestra retina podría confundir esta apertura con un episodio de Mad Men. Nuestro elegante hombre guarda su pitillera y otea un horizonte turbulento: relámpagos y oscuridad se avecinan; Turner hubiera podido con frenéticas pinceladas concebir esa estampa. Pero entonces la espuma del oleaje trae botellas de alcohol a la costa, se rompen contra el muelle, averiguamos que aquel hombre es un gánster y que la costa dibuja el perfil de un paseo marítimo, el de Atlantic City.

En 2010 HBO desembarcó en nuestros domicilios con una época –los años 20-, un espacio –Atlantic City, pero también Chicago, Nueva York,…- y un protagonista principal, Enoch Thompson, tesorero y distribuidor de alcohol durante la Ley Seca. El primer episodio lo dirigiría un neoyorquino, reputado gracias a dedicar buena parte de su filmografía a diseccionar el mundo de la mafia, Martin Scorsese. El coste del piloto sigue siendo hoy increíble e impresionante la textura cinematográfica con la que arrancaba. Con el tiempo, el nombre de Scorsese se diluiría y  Terence Winter demostraría ser el tiritero que estaba levantando un imperio, un inmenso decorado, un casting envidiable y una serie que cinco temporadas cerraba con el emblema del capitalismo, con el delirio febril de nuestro tiempo: una moneda.

Boardwalk Empire sabría conjugar con habilidad, basándose en el libro de Nelson Johnson, la ficción y la historia americana para lograr con este truco combinado un efecto magistral: analizar la mafia en los años 20 de forma tan espectacular como shakesperiana, tan trepidante como profunda. Porque Boardwalk ha sido –desde la perspectiva de todo su visionado- un ambicioso universo, muy caro y muy pródigo en detalles, que ha documentado como si fuera un reportaje los entresijos políticos, las redes de casinos y prostitución, el tráfico ilegal de alcohol que enriqueció a las primeras familias, antes del choque generacional que la quinta temporada nos mostraría.

Póster promocional de Boardwalk Empire

Póster promocional de Boardwalk Empire

II

El Padrino nos ofreció un Gatopardo de la mafia italoamericana; Los Soprano nos descubrió las miserias de un capo en pijama, neurótico, combatiendo traiciones del clan y de la familia; Scarface nos legó un violento retrato con el ascenso y habitual caída de un tipo con redaños. En cambio, Boardwalk supuso una novedad como está siendo Gomorra: nos permite ver la transformación de un hombre de negocios en un criminal, en armonía con una sociedad donde el negocio y el crimen ya no se distinguen.

La serie es política. Pero de los dos lados –ley y delito-, Boardwalk se inclina a mostrar sin tapujos a los malos, pues los agentes de la ley o son corruptos o son feroces, inexistentes o incluso igual a los que persiguen. Van Alden o Hopper no son en modo alguno “los buenos” del relato. La serie desenmascara la realpolitik, maquiavélica, pragmática: se untan muchas manos, vemos campañas electorales amañadas, las leyes se alteran para beneficio de unas minorías; es decir, tarjetas opacas, contabilidad B, puertas giratorias y algo más: Boardwalk es cine negro, el espíritu de Ellroy y Thompson recorre las calles de Atlantic City. Ambientes, buenos diálogos, acción y documentación: los ingredientes para un relato criminal que no escatima en violencia, en explícitas y muy brutales instantes. Hardboiled en estado puro. La violencia no sólo se comprende por el sistema criminal que lo enmarca, sino que se intensifica gracias a algo habitual en Juego de Tronos: todos pueden sufrirla, los mejores destinos pueden frustrarse con una bala o una pelea, todos comparten orígenes y futuros inciertos.

Los escenarios cambian –los felices años 20 donde Gatsby lucía su esplendor, la especulación y la destrucción de un paradigma-, las circunstancias del hombre varían y con ello, los mecanismos de la Mafia pasan de la usura, la extorsión, la venganza a la organización, a la Bolsa.  No hay lugar para la épica, para la glorificación del villano; Boardwalk muestra que el gángster no es el scarface chulesco que algunos se estampan en sus camisetas, no es el ídolo canalla de las bandas; el gángster apuntala su negocio en el aislamiento, en la sordidez, en la violencia. Saviano en su espléndida y escalofriante Gomorra se había esforzado con noble valentía a evitar que la Mafia volviera a cobrar la épica y gloria de antaño; su denuncia del Sistema –la Camorra- que controlaba el tráfico de armas y mujeres, la alta costura, la gestión de residuos había despojado de estrella y mito a los gángsters de Tarantino o Kitano.

De igual modo, el retrato criminal de Boardwalk es desde una visión moderna, actual, tan triste como crítica con sus cómplices. No es causal: son tiempos de transición los de la serie, como los nuestros o los de Dickens (principio de Historia de dos ciudades). Vemos a Gatsby y a los algodoneros de Las uvas de la ira, el vodevil y el cabaret, pero también Wall Street y la miseria, las burbujas y sus responsables. Detrás del show y el whiskey hay sordidez y vidas rotas.  El progreso, el pavimento esconde muchas víctimas; las grandes fortunas, crímenes. En Boardwalk, las referencias históricas insinúan que la historia siempre se repite, aunque los personajes sean otros.

Boardwalk Empire

Conclusiones

Steve Buscemi logra con su personaje algo inaudito en la televisión: a pesar de ser el eje de la historia, parece un personaje sin carisma, gris,  pues el dinero domina su conciencia y son los demás personajes quienes le fuerzan poco a poco a aceptar su condición de criminal. No titubea o duda porque se maneja en términos de cálculo e inversión, el drama familiar e íntimo es opaco –que no inexistente: se esfuerza en negarlo-. Enoch Thompson es el vórtice, pero la fuerza directriz procede de los secundarios. Cada uno de los secundarios posee una fuerza irresistible. Un hermano que encarna a un discreto Caín a lo largo de la serie. Su mano derecha –Jimmy Darmody, un ser trágico e insustituible en la trama-, doblegado por el desastre de la guerra y escoltado por uno de esos personajes que serpea en los márgenes de la historia, compadecido por todos, un francotirador perseguido por los horrores que su espejo delata. Y por supuesto, un violento Capone, un Luciano que espera –mientras roe el resentimiento- su oportunidad en el clan, un calculador y ludópata Rothstein,…

Estos y muchos otros -sería imposible enumerarlos todos- sirven como hamaca y luego, tenemos, una hermosa lona que cubre toda la carpa: la música, el vestuario, las costumbres, los gestos… que logran algo difícil: cada vez que aparece el oleaje, regresamos a los años 20. Un mérito indiscutible de una serie que se toma muy en serio. Hace ese universo de marco desplegado en torno a nuestra polilla, a nuestro gángster. Gris o no, carismático o no, la serie despegaría hasta que la serie, de golpe, a causa de un giro tan inesperado como magistral, sufrió un bache en la tercera temporada y muy en especial, la cuarta. Parecía que un development hell empezó a engullirla, es decir, un atolladero que podría haber terminado en cancelación.

Los guionistas parecían haber caído en un cepo, de repente los secundarios se perdían en subtramas sin motor, desvanecidos, sin rango ni puesto –Gillian Darmody, Van Alden andaban desorientados-, faltaban conflictos de interés, una sensación de familiar recurrencia y atonía marcaba los ritmos de la serie. ¿Percibieron el peligro? Tal vez sí, pues la quinta temporada acabó siendo una de sus mejores piezas –y por desgracia, la última- gracias a un procedimiento propio de Lost: enlazar el presente con el pasado de “Nucky”. Habían programado un buen final a la serie, la dignificaron con una comprensión más humana del ser gris: el hombre que había negado su linaje para crear el suyo y que sin embargo dormía solo en un hotel como aquel otro pionero, Howard Hughes. Los guionistas, al enfrentarse a la última pizarra, no temieron desgastar las pastillas de freno, no descuidaron a ningún personaje con despedidas gratuitas y desechables.

Porque es oscura, la serie logra ser creíble. Porque Enoch es dual e incomprensible, es humano. Boardwalk al recoger historia y entretenimiento, nos permite ahora que ya zarpó echarlo de menos. Aunque la sangre y el whiskey hayan inundado las calles de Atlantic City durante 4 años, salpicando nuestra pantalla. Porque nos asusta y resulta ser un black mirror remoto de nuestro tiempo, nos encantará volver a verla.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s