La escuela de Truffaut (L´argent de poche)

¿Por qué se olvida tan frecuentemente a los niños en las luchas que emprenden los hombres? -Truffaut

I

Una constante parece permanecer siempre pese a la provisionalidad, a los impactos y a la perezosa corriente de las cosas: los idealistas sufren, los idealistas suelen fracasar.

No se debe sólo a la fragilidad que sustenta la condición del idealista, se debe a que exigen más al mundo de lo que el mundo está dispuesto a conceder. El buscar la mejoría y el progreso está condenado, pese a los muchos éxitos y a las gratificaciones puntuales, a sumirnos en el desencanto. Quien mira con detenimiento su oficina, su comisaría, su aula, su taller y quiere (y confía y espera) un sistema mejor, menor corrupción, mayor profesionalidad, más entusiasmo, gestión más eficaz, ha de saber que detrás está el hombre, su pereza, sus vicios, sus autoengaños, su denostada aversión al sapere aude.

El idealista mira tras las cosas y aspira a encontrar espíritu, sueños de futuro, pero el mundo se rige por los realistas, por los que se adaptan, por los que miran a otro lado, por los que aprovechan el viento de cara y en lugar de resistir, se doblan, se complacen con los hedores y el cristal empañado. Dirán unos que han de ganarse el sustento, otros que siempre fue así y el idealista envejece, es siempre minoría y el cinismo lo lima, desgastando las puntas de cada conquista. Por cada Erasmo, hay cien Luteros; por cada renacimiento, dos barrocos; por cada Quijote, cientos de Sanchos. Ha de vencerlo y rendirlo el mundo, pero el individuo en su esfuerzo logra un paso adelante, siempre sigiloso. ¿Cuánto del curso pacífico y cívico del mundo no se deberá sino al esfuerzo anónimo de los héroes? ¿Qué progreso o avance no nació de la aventura y del riesgo personal? ¿Qué via crucis esconde el perdido entre los escombros?

Siempre que veo a un poderoso, a un triunfador, al hoy glorificado emprendedor sólo veo la misma sombra del que sobrevive y se adapta, del oportunista que media, del insecto hábil en atravesar conductos estrechos y soportar lo que otros al final les repugna. ¿Cuántos serán los que asqueados por la malsana estructura de las cosas deciden refugiarse al final en lo humilde y silencioso? ¿No es el diputado o concejal un vil realista? ¿No es el comisario o el director un ingenioso realista? El orgullo o la dignidad pocas veces se anteponen al plato de lentejas. Que se lo pregunten a Esaú. Y los utópicos prefieren no volver de la muerte; descansar tranquilos y reconocerse en un espejo sin apartar los ojos con una mueca es su mayor mérito, que no es escaso, ante tantas promesas y paraísos que lo circundan. Su religión es el bien; su riqueza, la conciencia limpia; pobre para unos, exultante en secreto.

Es por eso que la escuela no debe ensalzar al más astuto, sino al más desvalido. Le interesa cuidar más al roto que al completo, al irregular que al simétrico, al ingenuo que al pícaro. Es quizá una ética inversa, acaso torcida, que propugna el interés y la atención al invisible. La vida se encargará de premiar a los guapos y listos, pero la escuela debe atender primero a los que la vida y la sociedad no impulsarán. Ya nuestro capitalismo alienta como un dragón al competidor, al corrupto y al sensato, la escuela comulga con el perdedor, con el bueno y con el raro. Sí, al imbécil violento de la primera fila y a la guapa de la última fila ya se encargará de vitorearlo y premiarlo el estadio con flores y sobres.

Dudemos que la vida ponga a nadie en su lugar, porque no es justa y las casillas muchas veces ya están ocupadas e incluso los mejores asientos, reservados. No seamos integradores en proporciones equilibradas: discriminemos siempre en contra de la desigual lucha entre caimanes y ratones.

Suspended al mundo futuro, aprobad los olvidados de hoy, sin dudarlo, y poned cuidado en las espigas más resecas que patearán muchas veces, a pesar de sus nobles frutos, los realistas.

La piel dura 2

II

Es la piel dura una obra que aglutina dos elementos dispares pero esenciales: vibración emocional y rigor estético. Con estructura episódica, esta película estrenada en 1976, descubre la vida de varios chicos en una ciudad de provincias. Su título, L´argent de poche, nos recuerda la importancia de la calderilla, aquella paga que con ingenio convertían los chicos en maravillas estivales. En un rodaje fulgurante, apenas dos meses, Truffaut regresó al mundo de Los 400 golpes (o El pequeño salvaje) y nos ofreció estampas vitalistas, alegres del primer beso, de las travesuras, de la escuela, del cine con una naturalidad casi documental que cerrará con un discurso político en boca del profesor, dirigido esta vez a los adultos que miramos tras la pantalla.

Parece tener Francia la potestad de filmar los mejores paisajes sobre la infancia y la escuela, quizá su ilustración, su escuela laica, su fama de sensualidad e intelectualidad dan esa intensidad sobre los más vulnerables. Quienes son inteligentes y serios, cuidan su infancia. Mientras Hollywood llena de decorados y melodramatismo la realidad de ese tiempo, mientras el cine británico recrea la perversión y la crueldad de los infantes, Francia regaló Ser y tener, Hoy empieza todo, La clase y La piel dura.

Truffaut canta a la infancia, sin descuidar su crueldad (“siempre hacen lo que no deben”), su fortaleza (el niño que hace “bum” desde un noveno y se levanta indemne), su incipiente sexualidad (el beso en un cine) y lo que reivindica Truffaut, justo en los últimos momentos, después de hacernos sonreír y gozar con instantes que todos sentimos –el deseo hacia una madurita, las bromas, los juegos, el tedio…-, es protegerlos.

Es en boca de un profesor que mira a la cámara y a sus alumnos, donde surge un discurso sin desperdicio, todo resulta trascendente. El joven Julien Leclou es un ratero precoz, pero también el niño que roba, que se duerme en clase, el de los pantalones rotos y la maleta agujereada, incapaz de distinguir bien y mal, soñoliento y raro. Se descubre que había sido  maltratado, golpeado, quemado por su madre y abuela, a las que le retiran la custodia. Este hecho desemboca en el momento más sombrío, pero también más comprometido de la película.

Los niños no pueden mejorar su condición porque no pueden votar: no son electores y nuestros gobernantes no se cuidarán de sus aulas, salvo en lo exterior, no reducirán sus horarios, no les darán mejores pupitres (¿ha cambiado mucho pese a tanta ergonomía el aula en el mundo?), no ubicarán en buenos lugares sus escuelas. Son vulnerables y la política, sólo interesada en los votos y en la gestión a corto plazo, no hará progresar la civilización que es educar y cuidar a los niños.

Las injusticias contra ellos son las más innobles y odiosas, nos recuerda el profesor Richet, Jean-Francoise Stévenin. Ellos no protestan contra su familia, no alegan sus derechos, sólo sienten vergüenza y culpabilidad cuando sufren. Somos nosotros, los adultos, quienes tenemos la obligación de denunciar, cuidar, protestar por ellos. Si no es esa una buena razón para ser profesor y considerar su valor humanista, revolucionaria, hay otra : la divertida y apasionante que es ver cómo un alma se desarrolla; su verdad, su pasión sale al mundo público en gestos y palabras. Ambas razones coinciden en un color –el amarillo- y en un combate: la escuela pública y laica que Francia nos mostró ya en aquel lejano barrio de provincias y sigue siendo aún promesa en nuestro país, casi cuarenta años después.

La piel dura 3

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