Hannibal: menú degustación

Introducción:

“Una vez un empleado del censo intentó hacerme un cuestionario. Me comí su hígado acompañado de habas y un buen Chianti”

La ficción criminal en Estados Unidos es tan vasta como la tierra que lo alberga. El imperio norteamericano se ha fundado por colonos empuñando pistolas, cuyos carromatos escondían bajo la lona una codicia y un amor desmedido por el oro; era cuestión de tiempo que el género noir alzara allí su bandera: gángsters, policías, ladrones y por supuesto, asesinos en serie han dejado un largo reguero de sangre en pantalla, en novelas y últimamente, en series estadounidenses.

Si hacemos memoria, desde que existe la ciudad y -consustancial a ella- el anonimato, los serial killers se han confundido bajo el paraguas de las muchedumbres, nos ha acechado desde el anonimato hasta cobrar identidad y voz en portadas truculentas, en titulares sensacionalistas y en la curiosidad morbosas de los ciudadanos.

El ciudadano X convirtió con el tiempo la megalópolis en un escenario ideal –sin vecinos, sin comunidad, sometido a la pura alienación- para perpetrar sus crímenes. El término se  acuñó en los violentos 70, pero ya antes, fuera la Vampira del Raval, el Arropiero, Romasanta, el destripador de Whitechapel o el estrangulador de Boston, todos suelen compartir el deseo homicida, una gratificación impulsiva sin culpabilidad y lo más grave: una gran atención mediática. Su sadismo ha sido recompensado en la cultura popular por un morbo desmedido: sus biografías ocupan estantes y primeros puestos entre los bestsellers, cartas de fans inundan sus celdas, producen ensayos e incluso guías macabras para viajar, el celuloide se rinde ante ellos, la literatura más aún –ya desde sus inicios, tuvimos folletines, romances de ciego, los penny dreadful, las historias medievales de mártires, la tragedia sangrienta en el teatro isabelino… que saciaban al vampiro que llevamos dentro-  y hace poco, recordemos como colofón, Charles Manson se casaba en la prisión de Corcoran  con una mujer de 26 años. Como reza una camiseta que riza el rizo de esta tendencia: “keep calm i´m a serial killer”.

Regresemos al punto de partida: las tierras americanas. En 1957, un solo individuo atrajo la atención de la prensa y también de Robert Bloch, de Tobe Hooper, de Thomas Harris y sucesivamente hasta el día de hoy. Ed Gein representó para la cultura popular al paleto de granja, caníbal acomplejado, capaz de diseñar asientos de piel humana y sopas con calaveras, de corazón incestuoso y tal vez, necrófilo. El horror que conmocionó Wisconsin provocaría también repulsión y atracción: un dato permite comprender la bola de nieve que produjo cuando unos desconocidos decidieron quemar su casa para torpedear aquel santuario físico para curiosos.

Hannibal 1

Halloween, La matanza de Texas, Maniac, Psicosis, Scream… son versiones malsanas de esa realidad. Pero en los 90 se produjo un cambio inesperado, a cargo de Thomas Harris: en una celda acolchada, mientras escuchaba las Variaciones Goldberg, nos esperaba junto a los barrotes un psiquiatra pulcro, un sibarita, un lector selecto, elegante en el trato y experto en la literatura italiana… que soñaba con matar a cualquier grosero y comérselo.  Las novelas de Harris impregnaban a este caníbal de una faceta ignorada hasta entonces y estalló la indignación entre los psiquiatras: ya no sólo fascinaba el asesino, ahora resultaba ser un genio de gran memoria (su palacio de la memoria es único) y generaba una inquietante empatía. En cierto modo, sus novelas alimentaban el disfrute macabro del lector, pero también nos alertaba del fondo trágico de todos los psicópatas. Eran humanos rotos por la burla familiar, por el shock infantil, por conflictos de identidad… que se humanizaban frente a otros humanos -agentes federales, periodistas o magnates- capaces de las mayores monstruosidades por ambición, dinero o éxito.

Este nuevo asesino alcanzó el estatus de celebridad con la interpretación de Antony Hopkins en El silencio de los corderos. Las atrocidades de Buffallo Bill, la persecución y el duelo de Clarice con ambos psicópatas, no importaban tanto como la mirada a cámara de Hopkins, insinuando tanta lucidez como demencia, desde su celda. Es el fotograma más icónico del terror del 90. El primer Grishom en Manhunter y un joven Gaspard Ulliel en Hannibal Rising intentaron ponerse el traje del caníbal y ninguno pudo contrarrestar el magnetismo de Hopkins.  Con temeridad, 20 años después, Bryan Fuller ha entregado el papel y los cubiertos a un nuevo actor para encarnar a Hannibal y esta vez, sí, de distinto modo, un escalofrío eriza nuestra nuca.

Hannibal ha vuelto con el rostro de Mads Mikkelsen. El refinado, culto y letal doctor regresa más fuerte. El que fuera villano en Casino Royale y víctima en la excepcional La caza, se adapta al siniestro traje y amolda las costuras a su propia figura. Hannibal sigue siendo un despiadado anfitrión, un tiburón refinado, un sibarita insaciable.

La adaptación

“Un bisturí afila mejor un lápiz que un sacapuntas”.

Bryan Fuller ya había lidiado en el particular ring de las series de televisión con la original Tan muertos como yo y la fallida Pushing Daisies, ambas asociadas a la dama de la guadaña, hasta que en 2013 decide embarcarse en un nuevo proyecto: desarrollar la serie Hannibal. No era una extraña decisión, parecía sumarse a la moda, impuesta en Hollywood y renqueante aún en la pequeña pantalla, de alimentarse de antiguos mitos del celuloide igual que el caníbal que se nutría de su propia especie. Reciclar viejos materiales, reversionar, componer precuelas, hacer reboot con un éxito es un hábito de escasez creatividad, una trampa para guionistas adormilados que hoy tiene el visto bueno de muchos productores. Mercantilización de una industria apolillada, comida rápida para una taquilla en crisis. Esa producción capitalista, propia de nuestra época como ya advertía W. Benjamin, ya empieza a polinizar la televisión: Bates motel, Gotham, Fargo,… Los resultados por el momento no muestran la apatía del cine, pero la tendencia si engorda se comerá el talento que define hoy la creación televisiva. Hannibal es quizá la más atrevida, porque si bien respeta el espíritu del mito, se desmarca de sus orígenes cinematográficos.

Hannibal 2

No fue así en sus primeros pasos. Los siete primeros capítulos hacían adivinar el habitual fallo de las procedimentales: personajes planos, tramas autoconclusivas, estructura rígida… Trastabillaba, veíamos al grupo de guionistas despistados y sin conciencia de qué querían hacer con aquel monstruo. Una serie que nacía casi muerta apuntaba a una esperanza de vida muy breve. Quizá porque el mito asustaba, sucesora de un gran icono de los 90, andaban los guionistas desorientados hasta prácticamente el equinoccio de la primera temporada. Eso exige al espectador un auto de fe, una gran paciencia, pero a partir de ese instante, disfrutamos ya de un bocado exquisito. El piloto incubaba como un huevo la criatura que emergería: en la comisura de Mikkelsen aparecía el tinte de ironía, de guiños al espectador que caracterizarían a la serie y lo más importante, optaban por poner a Will Graham como protagonista.

Con un pie en la trituradora de las cancelaciones, si se hubiera detenido la serie en el séptimo capítulo, hubiéramos perdido una interesante sesión de terapia, culminada siempre con un plato de alta cocina.

Los personajes

“Tiene una extraordinaria memorial visual […]  Lo que posee además es pura empatía y proyección –afirmó el doctor Bloom-. Él puede asumir su punto de vista, o el mío, y quizá otros que le asustan y asquean. Es un don molesto, Jack. La percepción es una espada de doble filo.” (Dragón Rojo).

En sus inicios, la serie nos sitúa a un analista criminal, Will Graham, que con sus dotes intuitivas, reforzadas por una memoria absoluta, resuelve asesinatos mientras es supervisado por su superior, Jack Crawford, y un terapeuta que vela por su frágil equilibrio mental, el doctor Lecter. Pronto, el errático rumbo de la serie se diluye y adquiere unidad y fuerza el conflicto principal de la serie: el duelo entre Lecter y Graham, una contienda que va más allá de la supervivencia y se rebela como una batalla casi espiritual, de conciencias. Graham y Lecter, dotados de unos dones casi sobrenaturales –olfato, memoria, empatía… son sus armas de defensa y lucha- participan en una cacería cuya evolución implicará afinidades, afectos, turbias complicidades que supone un valiente riesgo. A veces, la coherencia narrativa se supedita al juego psicológico.

Hannibal 3

No se trata de comprobar cómo llega el desenlace de esta persecución (lo sospechamos por las novelas de Harris), sino cómo se transforman los personajes (quién es humano, quién depredador), el juego de esgrima verbal, las atrocidades constantes. Como en un carnaval, vemos máscaras de disimulo, de engaño, de sugestión. La serie nos sienta en un diván de diseño retorcido.

Como indicaba el título del primer episodio, dejamos atrás el aperitif y mordemos ya el primer bocado fresco de originalidad. El sabor de la primera temporada será francés, en la segunda temporada paladeamos ya toques japoneses e intuimos que la tercera nos acercaremos a la cocina italiana. La sinfonía del horror empieza a construir una melodía llena de acordes, entre gritos y charcos de sangre, no apta para espectadores susceptibles. Porque Hannibal está soldada firmemente al terror, igual que otras series como American Horror (especialmente, su primera temporada), The Walking Dead, The Strain o Penny Dreadful. Las escenas del crimen son muestras en ámbar del Inferno de Dante, cacerías estáticas llenas de una cruenta violencia, pero también de una enfermiza poesía. Tras la brutalidad, las muertes albergan una belleza que Thomas De Quincey incluiría en su ensayo Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Exquisitas pesadillas que Caravaggio, Clive Barker o Eiji Otsuka (creador de la malsana MPD Psycho) podrían plasmar en el papel. Las influencias de Kubrick y Lynch son palpables y admitidas por los propios creadores, por lo tanto -conviene recalcarlo- más que la trama o la investigación, interesa la psicología, la plasmación del delirio, las confusiones entre identidad y máscara. No se trata de averiguar qué ocurre entre el depredador y la presa, sino qué sucede cuando la presa se asoma a los abismos del depredador, los oscuros efectos de mirar al monstruo e intentar comprenderlo.

Ángeles, colmenas, setas, cornamentas, violoncelos, mandalas… La imaginación de los creadores aprovecha todo para fortalecer nuestras pesadillas y flambear una historia que sólo tiende a mejorar.

Observaciones finales

“Tengo mucho cuidado con lo que consumo, así que me preparo mis propias comidas. Un revuelto de proteínas para empezar el día”.

El primer plano de Hannibal es ante un plato compuesto de granada, frutos secos e higos. Nos aguarda aquí una referencia mitológica que al doctor Lecter no se le hubiese escapado: el dios de Hades atrajo con una granada a Perséfone para raptarla y llevársela al infierno para celebrar su lúgubre matrimonio con la mortal. Este es uno de los principales cometidos de la serie Hannibal.

Por su parte, su creador, Bryan Fuller, pretende rodar siete temporadas, tres de ellas previas a cualquiera de las novelas escritas, otras tres continuando con la trilogía (El Dragón Rojo, El Silencio de los Corderos y Hannibal), y una última centrada en su última novela, centrada en el origen del mal. Este es su plan y nosotros, cortejados por las primeras semillas de esta granada, estamos dispuestos a descender por estos infiernos.

Y mientras esperamos, os recomendamos el siguiente enlace para abrir el apetito: http://yonomeaburro.blogspot.com.es/2013/06/la-cocina-de-hannibal-los-platos-de-la.HTML

Proserpina de Rosetti

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2 Respuestas a “Hannibal: menú degustación

  1. Tuve la suerte de poder ver las dos primeras temporadas seguidas sin perder la esperanza de esos primeros capítulos. Espero que la tercera temporada tenga éxito de público y que haya más Hannibal para degustar…

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    • Cruzaremos los dedos contigo y que el público sea generoso, porque la competición en las audiencias es feroz. La buena noticia: al retrasarse hasta el verano, la parrilla no suele ser tan exigente y quizá logre mantenerse. Pero estaremos en vilo, seguro.

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