EL PERFIL CALIGINOSO DE UN HOMBRE LLAMADO LOVECRAFT

“De toda la memoria, sólo vale el don preclaro de evocar los sueños” Antonio Machado

Ni su época ni su sociedad depararon grandes alegrías al escritor de Providence; hasta su defunción, sus relatos sufrieron negativas editoriales, circularon apenas entre sus amigos y escasos admiradores, y no le concedieron ganancias sustanciosas a su creador.  Como respuesta, desde muy temprano, regaló al mundo una extraña pesadilla que culminaría en los Grandes Relatos, en un panteón de seres innombrables y en una fama que tras su muerte, no haría más que aumentar. El culto a su figura permitiría una muestra inagotable de devoción: juegos de rol, clubs, discípulos, películas,… Cuando murió el hombre, nació el personaje y su obra creció o mejor dicho, apareció; una vez muerto, emergió de las profundidades Lovecraft.

Similar suerte han corrido otros genios, incomprendidos o silenciados entre sus coetáneos y la lista, cosida al infortunio, sería infinita: Bolaño empezó a disfrutar en sus postrimerías del éxito, Kennedy Toole tuvo tras su muerte a su madre como terca y eficaz agente editorial, Dickinson guardó en cajones la penetrante belleza de sus versos, Valle-Inclán nunca pudo ver sus obras representadas tras las bambalinas, Jim Thompson cosechó en sus últimos días el olvido y la miseria, Jardiel Poncela, Baudelaire… No son pocos los escritores que mueren sin lectores, pero sus páginas resucitan cuando caen sus párpados. De Lovecraft debemos reconocer, no sólo su desgracia, sino su desaparición: valioso es el autor, pero no el hombre.

A primera vista, Lovecraft se comportaba como un gentleman de exquisita cortesía, se definía como perfecto hombre del sur, pero a poco que nos adentremos en sus reflexiones, se destapa su faceta de riguroso racista, nos hieren las aristas de un clasista reaccionario. Calificó de negros chimpancés a los afroamericanos que encontró de forma, suponemos, traumática en su corta estancia neoyorquina (“o los matamos o los ocultamos” llegó a decir), admiró los inicios de Hitler al que más tarde llamaría “payaso honesto”, despreciaba la democracia y el progreso y consideraba que escribir era oficio poco respetable, ironía suprema viniendo precisamente de él. La humillación y el odio parecen ser las notas dominantes que dominan su biografía.

Fotografía de H.P. Lovecraft

Fotografía de H.P. Lovecraft

El mundo le parecía una inagotable lepra que era preciso sortear, pues todo conocimiento profundo según sus propias palabras sólo lo arrastrarían al encuentro con el mal. Ese pesimismo ontológico podría haberlo combatido con opios, barbitúricos o rutina, pero encontró desde su infancia un espacio único, un universo privado, a medio camino entre útero y placenta donde cobijarse, que le colmaría y saciaría. En el territorio de los sueños encontró acomodo y distancia ante un mundo hostil, ruidoso, según una visión deprimida de la realidad. Y aunque Lovecraft siempre abominó de Freud, “un charlatán” pregonador de un simbolismo pueril, tiene a los sueños como principal fuente de creación (lo mismo sucedería años más tarde con Cortázar). Toda su operación estética refleja su mundo onírico, tan vasto como irrepetible.
No dejemos que el hombre contamine al texto. Él mismo se encargó de evitar todo apunte biográfico, borró cualquier veta ideológica en sus relatos; nada publicita, muestra o rescata de su paso por la vida en sus relatos, tampoco ninguno de sus personajes tiene un perfil psicológico muy definido, no hay familia, no atisbamos circunstancia histórica. Lovecraft se casó y se divorció, pero nada hay de la mujer ni del sexo en sus relatos. Todo ocurre en sus textos fuera del tiempo y del ser, no se trata de que desprecie su realidad o su cotidianidad, la tira por la borda con un gran peso muerto para que nunca reaparezca a ojos del lector.
“Un caballero no intenta darse a conocer, lo deja para los egoístas arribistas y mezquinos”. Nos alivia y nos libra de un lastre. Podemos abrazar sus magníficas novelas y apartar la mano húmeda de Lovecraft. Midamos los logros estéticos, la monstruosa imaginación sin empañarlo o juzgarlo según la imperfecta medida del individuo. Lo mismo ocurre con el nazismo de Cèline y no debe impedirnos disfrutar del prodigio verbal de sus novelas. ¿Impide el fascismo de Marinetti valorar su hazaña vanguardista? Un censor llamado Cela no puede estropear el placer de leer su Pascual Duarte. El ultranacionalista que fue misógino y antisemita, apellidado Quevedo, es inferior a cualquiera de sus versos.
Muerto el hombre Lovecraft, podemos celebrar al Lovecraft creador.

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