RUZ BARCENAS: EL TESORERO Y EL JUEZ EN EL CALLEJÓN DEL GATO

“La realidad tiene siempre algo maravilloso: por terrible que sea, puede ser transformada si se conoce”- Alberto San Juan

Entre todos los géneros literarios, el histórico, es el más extraño de todos: hacer ficción de lo real supone la cuadratura del círculo. Sin embargo, gracias al favor de la historia, la literatura ha dado a luz hermosas criaturas con vocación de compromiso, con aspecto ambiguo y con una esperanza de vida envidiable, si tenemos en cuenta que su primer vástago es allá en el siglo I-II Las aventuras de Quéreas y Calírroe y mucho ha llovido desde entonces.

La novela histórica, sabemos, recrea episodios antiguos con personajes históricos, principales o marginales, donde se mezclan datos reales y fingidos, se entrelazan acontecimientos históricos (de plenitud o de crisis) con dramas íntimos para lograr en su mayoría grandes éxitos de ventas. Ya en su sala de maternidad, la novela histórica protestaba intentando ser fiel o creíble con el tiempo que revisaba. Robert Graves trajo al mundo Yo Claudio y aplaudimos con regocijo la vivacidad y el rigor de su ficción, luego la BBC se encargaría de difundirla con el rostro de Derek Jacobi. Marguerite Duras alumbró un Memorias de Adriano de semblante estoico y vigorosa salud. Los idus de marzo, Sinuhé el egipcio,…

¿Y en España? Siempre ha sido difícil que un jinete tan endeble –y siempre tuberculoso hasta el siglo XX- como la ficción cabalgara a lomos de nuestra historia sin romperse la crisma o la dignidad. El siglo XVII, quizá su primera mitad, daría para una criatura feliz, rebosante, pero después, todo es oscuro y triste, violento, psicótico o neurótico. Delibes en El hereje dibujaba los males de aquel tiempo. Después, desfilan los siglos de validos, de miseria, de corrupción bajo la larga sombra de la cruz cristiana. Tuvimos un XIX fusilado o exiliado que sólo Galdós se atrevió a dibujar; un 98 neurasténico; una Segunda República que nació casi estrangulada por fuerzas militares, burguesas y eclesiásticas; una casi eterna dictadura… Un poeta, Jaime Gil de Biedma, ha sido hasta ahora el mejor notario de nuestra historia reciente.

“De todas las historias de la Historia

sin duda la más triste es la de España,

porque termina mal. Como si el hombre,

harto ya de luchar con sus demonios,

decidiese encargarles el gobierno

y la administración de su pobreza.”

Nuestra década, nacida en el desarrollismo y acabada en la miseria, parece difícil que encaje en la literatura. Parece tarea imposible que el arte pueda extraer un material verosímil, creíble de esta mina de despropósitos continuos. No por falta, sino por exceso se sentiría abrumado el osado que intentara hacer ficción a partir de las consecuencias tóxicas del poder: el pequeño Nicolás, las múltiples tramas de corrupción, la gestión de la salud, los decretazos, las obras faraónicas, el presidente en televisión de plasma… Retablo de pesadillas. Una obra de ficción como Crematorio ha quedado superada (en su condición histórica y no estética ni moral) por las nuevas circunstancias. La dimensión irreal de nuestra realidad supera a la ficción. Mientras la ficción apenas encuentra asideros, espacio sólido y sobre todo, editoriales audaces para hablar de nuestra historia (hay contadas excepciones en narrativa: Rafael Chirbes, Elvira Navarro, Belén Gopegui,…), abundan los documentales que con enormes dificultades financieras sacan a la luz una realidad, negada o silenciada en los grandes medios (nuestro nuevo Nodo), testimonios firmes de nuestro tiempo: Edificio España, Ciutat morta, En tierra extraña, #La Plataforma, Cuanto ganamos, cuanto perdimos, La pantalla herida… Y por supuesto, Salvados de Jordi Évole.

Ruz Barcenas

Ruz Barcenas

Desembarca en el Teatre LLiure Ruz-Bárcenas de Jordi Casanovas y dirección de Alberto San Juan. El arte aborda con este espectáculo nuestra historia para incluso transformarla. Los personajes son reales, aunque uno resulte inverosímil –casi guiñol- al espectador: el tesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas, que –presuntamente- administró una contabilidad secreta –caja B- procedente de donaciones ilegales. La caracterización es la de un chulo trajeado y de mirada esquinada, olor a betún y gomina, rostro de ladrillo que burla y desprecia al juez que intenta, atónito, instruir una causa –todavía abierta- que afecta al actual gobierno. Maletines, sobres, cenas, silencios muy instructivos, titubeos, abreviaturas sospechosas en un escenario austero. La transcripción de la declaración de Luis Bárcenas el 15 de julio de 2013 se transforma gracias al teatro en una ficción documental que transpira civismo y reflexión. Como acto teatral, convoca nuestra complicidad, muestra un interrogatorio que nos sitúa como jueces frente a la condición humana y a nuestro gobierno.

La cuarta pared es aquí frágil, casi invisible, porque Ruz Bárcenas es un acto político aumentado: como obra teatral, su autoría es colectiva, se muestra ante una asamblea que ríe o se indigna; como ejercicio ciudadano, reclama nuestra atención y exige respuesta. Uno de los personajes es nuestro actual presidente de gobierno. Emana crítica y utopía por partes iguales y las miradas de Ruz al espectador son significativas, porque son irónicas y también críticas.

Aplaudimos este artificio histórico, porque es hoy más difícil que nunca abogar por la calma, por la reflexión crítica (en línea con la concepción teatral de Bertold Brecht) cuando nuestras circunstancias propician otros géneros más vitriólicos: la sátira, la parodia, la astracanada, el musical, el gag… Un país difícil de catalogar e imposible de vivir daría hoy a luz escopetas nacionales, costumbrismo cínico, violentas humoradas, pero Ruz Bárcenas se aparta fríamente de esta línea.

Cuando nuestro tiempo sea pasado y esta obra ingrese en la historia como simple documento para futuras generaciones, ¿qué pensarán los futuros espectadores de ella? ¿Les convencerá argumento tan rocambolesco? ¿Creerán que están ante una distopía, influida por El Padrino y House of Cards? ¿Lo clasificarán entre los esperpentos de Valle? ¿Cómo digerirán sin contexto la ficción? Quizá andarán perdidos -¿quién es Rajoy, Mercadona, JM,…?- y algo más avergonzados que el juez Ruz, pero tienen un privilegio del que nosotros carecemos: una vez baje el telón, regresarán a un mundo real; nosotros, los contemporáneos al texto, cuando caiga el telón, sabremos que el juicio no ha terminado todavía en este mundo de ficción, el nuestro.

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