SIGNOS VITALES

Desde el Holocausto, son muchas las incógnitas que se ciernen sobre nuestro futuro. El destino de la humanidad pasa por interrogar y juzgar esos hornos que, desde entonces, se encienden cuando ciertos signos convergen alrededor de un país. Esos signos han sido desvelados por los mayores filósofos, quienes se asomaron al abismo, a la barbarie con la intención de responder a una incógnita: si una nación ilustrada, racional, moderna como la alemana permitió las cámaras de gas, ¿de qué sirve el saber, la cultura? Tal vez, el saber no nos haga mejores individuos, más compasivos, pero su opuesto –la ignorancia- siempre garantiza una brecha donde la violencia puede adueñarse de todo.

Unos niños disciplinados pueden inclinarse hacia el salvajismo como prueba El señor de las moscas, pero una sociedad ciega, sin juicio ni autonomía, puede caminar hacia la destrucción, aclamando absurdos ídolos y repitiendo proclamas sin contenido. Por muy alejada que esté la élite de los suburbios y por muy eficaz que resulte la doctrina del shock, el dogma capitalista de beneficiarse de la miseria de muchos, destruyendo ya no sólo su cobijo y sustento, sino además su educación, francamente no se entiende. Sembrar vientos, fortalecer la desesperación, derrumbar cualquier signo de inteligencia y civilización, destruyen el futuro de todos, contribuye a edificar otra subcultura: la del odio, la de la bala, la de la pólvora, la de la rabia.

¿Cómo medir el grado de civilización de un país? Principalmente, el mejor indicativo es la asunción de los derechos humanos, reconocidos por la ONU, firmados por tantos países y generalmente, convertidos en polvareda simbólica que nadie cumple ni vela. Estos días se intenta aprobar las “devoluciones en caliente”, la ley mordaza amenaza nuestras libertades y la dignidad del hombre, señalada por Mirandola, se pudre sin justicia y malvive de la caridad. Asimismo, añadamos otros signos de vital importancia para la prosperidad de un país, que no se vincula a la economía, eje virtual de nuestro mundo.

La esperanza de Watts

La esperanza de Watts

El primero es la consideración social hacia el profesorado, cuyo reconocimiento -por error- suele vincularse al sueldo, es decir, un buen salario representa exclusivamente la mejor recompensa a la profesión y eso, debemos añadir, no es cierto. La comunidad ha de cuidar y reconocer que la autoridad del maestro no nace sólo de la profesión, se la transfiere también la familia, las instituciones, es decir, la tribu. El ejercicio del menosprecio, menoscabar su esfuerzo, anteponer los deseos personales frente al criterio del maestro, transformar la escuela en una empresa, culpabilizar del fracaso escolar a un miembro cuando incumbe a todo el ser de nuestra sociedad… son pasos decididos para destruir al que comparte generosamente su conocimiento, su cultura, su buen juicio… junto aa los que serán pilar de todo la futura colmena.
No menos importante resulta la armonía, la convivencia de los hombres con su ecosistema. Como especie tenemos la posibilidad de forzar y destruir el hábitat que nos acoge y sustenta, pero también cabe la opción –delicada- de concebir la naturaleza como un patrimonio que proteger, ampliar y favorecer. Sostener nuestro decorado urbano en perfecto equilibrio con nuestros bosques, velar por las especies, favorecer el transporte público, reducir la contaminación, proteger las costas y mares de nuestra avaricia son casi perogrulladas que el consumismo, la voracidad especulativa, la indiferencia y la crueldad se encargan de anular. Las lecciones ecologistas de Miyazaki, los esfuerzos silenciados de las ONG, el esfuerzo continuo e individual por el reciclaje se enfrentan como fuerzas luminosas a los lanceros de Tordesillas (Valladolid), a las corridas, a las brutales leyes costeras en nuestro país,… Un síntoma, entre los mencionados, para evaluar nuestra actitud es el trato que los jóvenes, germen del futuro, dispensan a sus mascotas. Si nosotros, en contra de la conciencia, tratamos nuestra tierra como si fuera un entorno turístico, un simple carburante, otro espacio que explotar, ¿qué concepción tendrán los jóvenes de sus “juguetes”?
Se trata de no infligir daño, pero también de paliarlo o evitarlo, una responsabilidad más difícil de asumir porque exige nuestra participación en la sociedad. Obedecer un mundo injusto es contribuir a él y banalizar su mal. El que consiente el crimen, el que sin actuar no reacciona, también está condenado. No nos vale con “nadar y guardar la ropa”, desplazarnos lejos del cieno; hemos de evitar la corrupción, no convivir con ella, denunciarla.
El futuro atañe al hombre y no al Legislador, al Político o al Intelectual, el deseo frágil de hacer el bien puede combatir el miedo, la soledad o el dolor. Ante la certeza del cementerio, el irreversible esqueleto, podemos actuar para emanciparnos y liberarnos de la tierra que nos espera, ante el sepulcro un sí de fuerza. El conocimiento de saber que no estamos en el mejor de los mundos posibles no ha de desalentarnos, es el ariete para actuar; compromiso y no culpabilidad.
Mientras los políticos no conciban su trabajo al servicio público, mientras los hombres se encarguen sólo de lo inmediato y mientras las leyes abunden en lo económico, muchos de estos signos resultarán vanos e idealistas. Serán simples plegarias sin sustancia, irritantes por ser tantas veces expuestas, esbozos sin vida que el humo de la barbarie volverá a ofuscar tarde o temprano.
Perich

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