THE LEFTOVERS: Visión sacra de lo profano II

“Nadie quiere sentirse mejor. Todos quieren explotar” Kevin Garvey

El Rapto del 14 de octubre, llamado Día de los Héroes, no sólo conmocionó la Tierra, generó también una extraña infección. La desorientación siempre inventa iluminados, salvadores que lanzan señuelos de tierras prometidas o auguran apocalipsis milenaristas, como ocurrió allá en la Edad Media. Proliferan las sectas en este nuevo mundo, aunque muchas de ellas deban suponerse, pues están fuera de campo; se adivina una epidemia mundial de comunidades fanáticas. La serie se centra en dos: el Residuo Culpable y el Santo Wayne.

Un aura de misterio rodea a la primera secta, llamada el Residuo Culpable (o Remanente Culpable en la serie), que tiene como signos de identidad el vestir de un blanco almidonado, fumar de forma compulsiva y mantener un voto de silencio que los hace inescrutables y sumamente inquietantes a ojos de sus vecinos. Abolen todo deseo, viven como hieráticos robots, no pagan impuestos, vigilan en parejas a sus vecinos y nadie conoce sus verdaderas intenciones. Su presencia, aunque inofensiva, genera con su enigmático silencio una impresión de malestar, de inquietud, de peligro en ciernes que persigue a los ciudadanos de Mapleton, pero también a los espectadores, inclinados a sospechar un brote de violencia inesperado.

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Su tarjeta de presentación reza:

“Somos miembros del residuo culpable.

Hemos hecho un voto de silencio.

Estamos delante de ti como recuerdo vivo

Del poder formidable de dios.

Su juicio es inminente.”

(Para saber más, recomiendo este divertido y fingido enlace  http://guiltyremnant.com/).

La demencia guía la acción de estos remanentes, el fanatismo dirige los pasos de esos espectros ahumados pues aunque el pueblo de Mapleton (en especial, Kevin Garvey) aspira a descubrir un sentido, un acto performativo, una finalidad, siquiera un mensaje trascendente, en el fondo nos enfrentamos a una secta. Recordemos que siempre se trata de un movimiento totalitario que exige gran devoción a alguna persona o idea y utiliza técnicas manipulativas de persuasión y control.  La serie pertenece, ya hemos dicho, a un siglo XXI y Lindelof-Perrotta alertan de la amenaza invisible que suponen esos individuos que ante la desgracia, construyen columnas esotéricas, misticismos vacuos o hipnóticas salvaciones frente al misterio de un mundo libre y sin dios.

Junto a la del Residuo Culpable, aparece la secta del Santo Wayne. Si el Residuo impide pasar página y reabre la herida del 14 de octubre, Wayne promete -o vende- curar, cicatrizar el sufrimiento con el abrazo, respuesta burdamente espiritual, sanadora, milagrera. Si es la ausencia o el silencio la manifestación más clara del Residuo, Wayne emplea su presencia como placebo ante el dolor. En una sociedad sin contacto, similar a la de aquel Farenheit de Truffaut, Wayne maneja la terapia del abrazo, sustitutivo de drogas y doctrinas religiosas, para enriquecerse y crear un harén de jóvenes asiáticas.

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A excepción del teniente, todas son falsas tentativas, oscuras gesticulaciones frente al Rapto y su Misterio. Pero todas albergan desesperanza y si hay una esperanza, como afirmaba Kafka en sus diarios, no es para nosotros.

The Leftovers con todo su acarreo metafísico, de búsqueda infructuosa de verdades humanas, está unida estrechamente a una serie como Six Feet Under: aborda como aquella la fe, la familia y el dolor desde posiciones casi clandestinas, radicalmente heterodoxas.

Pero no quisiera que los árboles de este texto impidieran tapar el bosque y enredarlo bajo esta abundante (y quizá innecesaria) crítica. The Leftovers apela a lo íntimo, a las más delicadas teclas del corazón. Emociona. En pocas ocasiones, una obra de arte logra provocar escalofríos, lágrimas, una sensación indefinible de trascendencia como The Leftovers; nos los entrega a raudales. Las expresiones son intensas, al borde siempre. Cierto que no ejerzo aquí de crítico, que mis palabras están transidas de una muy subjetiva experiencia, de una reacción muy personal que puede dejar helado, escéptico o indiferente al que lee. En cualquier caso, los primeros planos, las interpretaciones tan epidérmicas, la belleza de ciertos paisajes, algunas imágenes proporcionan un caudal de viva emoción. La presencia de los sueños, la fuerza de los versos de Yeats en el episodio Cairo conducen la serie a ciertos momentos que a riesgo de ser excesivo, pueden calificarse de sublimes.

Y por supuesto, esta emoción estética se logra también gracias a una muy estudiada banda sonora. Las composiciones melancólicas de Max Richter, la instrumental Nothing else matter de Metallica, Take me to church de Hozier, Let´s stay, Retrograde de James Blake, Miserere mei Deus, la inolvidable Ne me quitte pas de Nina Simone… avivan y magnifican como brasas el estado anímico, la constante exudación de emociones que es The Leftovers. Presten mucha atención a las letras.

No sabemos qué supondrá una segunda temporada a una serie que podría haber cerrado y sellado ya con broche de oro su indagación. El último capítulo coincide con el final de la novela de Tom Perrota, más allá saltamos al vacío. Estamos dispuestos a confiar, porque si hay algo seguro es que no habrán garantías, falsas respuestas, verdades que disuelvan el enigma. No será Lost. No tendremos zarza ardiente, profecías, aleluyas, un arquitecto que resuelva (como en Matrix) las incógnitas.

Si el arte es la respuesta sacra ante lo profano, la corriente del espíritu vertida en un lenguaje, The leftovers es arte que se adelanta, que se coloca ante la tumba, ante el interrogante que a todos nos aguarda. Como el cisne de Darío que surca las aguas agitadas y nos pregunta con su cuello algo que nadie responde.

Amor sacro y amor profano de Tiziano

Amor sacro y amor profano de Tiziano

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