THE LEFTOVERS: Visión sacra de lo profano I

(Un análisis de la primera temporada, que evita anticipar o desvelar los inevitables giros y sorpresas de la serie)

“La gente está dormida, pero necesita despertar. El periodo de Gracia ha acabado” Santo Wayne

Cualquier crítico que quiere juzgar esta serie debe realizar dos tareas inminentes. La primera es ante todo  explicar su argumento: un 14 de octubre desaparece en un instante una porción de la humanidad (un 2% de la población según la serie, que incluye a Benedicto XVI, pero también a S. Rushdie, Shaquille O´Neal, Jennifer Lopez,..) sin que nadie logre dar con la causa. Se evaporan de forma súbita y el fenómeno es bautizado como el Rapto o la Ascensión. Coincide este planteamiento con la enigmática novela Fin de David Monteagudo, aunque ambas discurran hacia senderos bien diferenciados e igual de estimulantes.

Dicho esto, viene la segunda tarea, tan necesaria como engorrosa: desmontar las expectativas que su punto de partida promete. Ya el propio Damon Lindelof, cocreador de la mítica o devaluada Lost (según posturas casi irreconciliables), se había encargado sin éxito en apuntar: la serie no mostrará la causa del misterio y por tanto, no cederá a la fantasía o a la especulación. No estamos ante los 100, Fringe, Expediente X… desbordados de misterios y tramas fabulosas. Lindelof se ha cuidado mucho en no sufrir otro vía crucis como el que vivió tras el controvertido final de Lost (y que le obligó no sólo a justificar como penitente sus decisiones artísticas, poco aplaudidas por parte de los losties, sino a cerrar incluso su cuenta de twitter) y quienes han leído la novela del mismo nombre, escrita por Tom Perrotta, bien saben que la serie se centra en la realidad, cotidiana pero extraña, de los que quedaron. El visceral rechazo y los muchos detractores que suma la serie provienen de este equívoco.

Ahora bien, aunque la trama afronte la cotidianidad, el día a día en un pueblo llamado Mapleton, a través de varios personajes (en esencia: la familia Garvey, un cura y Nora Durst), es una de las series más insólitas que podemos ver en pantalla.

La serie adopta un enfoque metafísico muy inusual: la radical soledad del hombre.  Una postura antropocéntrica o afinando un poco más: nietzscheniana, la de un mundo sin dioses. Su punto de gravedad ya no posee solidez, el ocaso de los dioses ya ha llegado y por tanto, la esfera del conocimiento no viene de arriba, sino de la emoción y de la duda. La intensa levedad que transpira la serie es la de la humanidad abandonada. Es una serie humana y los mismos personajes interpretan todo el abanico de las emociones: el desamparo de una madre convertida en viuda sin hijos, la melancolía de una adolescente, la furia de un joven,… Más que la trama, interesa comprobar cómo los protagonistas reaccionan ante un mundo reducido en población y en creencias.

En la novela, ya en sus primeras líneas, se descartaba cualquier explicación sobrenatural del fenómeno, puesto que las órdenes religiones coincidían en rechazar la naturaleza divina de ese acto que de forma indiscriminada se “lleva” a musulmanes, cristianos, hindús, judíos, ateos,… Es una catástrofe natural e inexplicable, anclada firmemente en un mundo laico o cuanto menos, agnóstico. Es irónico que el cura se obstine como único motor de su vida en demostrar que Dios no intervino en el Rapto, que no hay héroes y por tanto, en lugar de crear esperanza, colma de desespero a los supervivientes.

El Rapto podría haber sido el 11-S, una epidemia, un tsunami o una muerte inesperada (siempre lo es, por muy mortal que sea la carne), sucesos tan dolorosos como amorfos, difíciles de explicar y mucho menos, de cauterizar. Los propios personajes responden a los síntomas de una conmoción, de un shock, que afecta a toda la humanidad, y las distintas reacciones –locura, desorientación, fanatismo, melancolía, incluso alucinaciones- son propias de una humanidad traumatizada, que oscila entre la implosión y la explosión, que se desgarra sin contención ante la desgracia. No tenemos ya la venganza de un Yahvé que lanza un diluvio o una plaga de langostas sobre Egipto o una tormenta de fuego sobre Sodoma; el consuelo que alcanzaba al creyente se ha derrumbado y queda en pie el principio de incertidumbre, que define desde el principio a la serie. Punto de partida tan insólito como desasosegante, especialmente en una nación que abraza su “in God we trust” en su verdadero dios, el dinero.

El protagonista, un teniente de policía, que ha perdido a su familia tras el rapto (en claro contraste con Nora Durst, que los pierde durante) encarna a un Job perdido. Lo interpreta un actor, Justin Theroux, tan atípico como la serie que encabeza, que ya habíamos visto anteriormente en Mullholland Drive y Inland Empire. Idóneo para el papel gracias a su mirada intensa, su capacidad para inocularnos su duda, su desamparo.
Ilustraciones de Jon Foster

En un capítulo nuestro protagonista cita los estremecedores versos del Libro de Job, trascendentales para entender las veladuras metafísicas del personaje. Ser agónico, Ecce Homo, nada recto ni íntegro, pero dubitativo y conmovedor en su soledad:
“Mas voy a Oriente y no está, a occidente y no lo encuentro;/ lo busco al norte y no aparece,/ en el sur se esconde y no lo veo./ Pero él conoce mi conducta,/si me prueba saldré como el oro./ Mis pies se aferraban a sus huellas,/ recorría su camino sin torcerme,/ sin apartarme del mandato de sus labios,/ guardando en mi seno sus palabras./ Si algo decide, ¿quién le hará cambiar? Si algo se propone, lo lleva adelante./ Seguro que ejecuta mi sentencia,/ como hace con todos sus planes./ Por eso me horroriza su presencia,/ lo pienso y me causa espanto./ Dios me descorazona,/ Shaddai me aterra,/ pues no desaparecí entre tinieblas/ y ha cubierto mi rostro de oscuridad” (Job, 23, 8-17)
Es un ser alienado ante el drama, que ansía por encima recuperar la antigua normalidad, la vieja familia, la hogareña tribu. La serie nos da pistas del valor de un concepto tan en desuso (y actual) como la alienación. El hijo del protagonista, Tom Garvey, lee El Extranjero de Albert Camus que describe la extraña disociación, la alienación de un asesino en un mundo absurdo. En modo harto distinto, Kevin es un extranjero en su comunidad, un ser blasfemo e imperfecto entre fanáticos, extraño a sí mismo como esos perros que tras el Rapto enloquecieron y dejaron de ser domésticas y apacibles mascotas. Sólo por medio del distanciamiento, de la extrañeza del yo, puede interpretarse la conducta un tanto alucinada de nuestro protagonista.
La lucha de Kevin Garvey por recobrar la armonía perdida es irónica: falta la inocencia, desaparece la ingenuidad, nada queda del naufragio que fue la familia y la comunidad. Frente a otros personajes, muestra la actitud del héroe que se resiste a buscar anclas en remotos consuelos, en paraísos artificiales; su combate, como el de Machado, es “en guerra con sus entrañas”, con las fisuras de su conciencia. Y en soledad pregona los peligros de las sectas.
Simboliza y resume bien su estado la imagen promocional de nuestro musculado protagonista, cubierto de tatuajes (por cierto, reales y que se negó a borrar), golpeando como Sansón una pared agrietada. Los creadores saben construir imágenes que nos obligan a reflexionar, a plantearnos sus significados ocultos. ¿Qué significa el ciervo, los perros salvajes, cierta pintura en la serie? Tampoco esto se nos revelará, se nos explicará. The Leftovers maneja una gran diversidad de símbolos, una iconografía honda que haría las delicias de Umberto Eco. La serie, recordemos, se nutre de un simbolismo que reaprovecha elementos cristianos y los hace propios, dotándolos de un significado difuso, indefinible como el balbuceo de San Juan de la Cruz (definir símbolo). Si Lorca convertía la palabra luna o gitano en algo distinto o Machado con la tarde, dentro del código visual la serie tiene símbolos poderosos.

Un buen ejemplo es el empleo simbólico de las estaciones o del color. Es muy evidente que las dos principales sectas se representan con colores opuestos: blanco y negro. Su radicalidad no admite gradación, matices como es propio de cualquier propuesta que exige anulación del discurso crítico. Es precisamente una propuesta que contraría y desafía a Kevin Garvey, que le arrebata a su familia y que usurpa o abole su dolor. Él enarbola la duda del hombre desgarrado, que intenta reconstruir un mundo roto; las sectas apuestan por los dogmas de fe.

theleftovers[1]

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