THE SHADOW LINE: La quebradiza línea de la memoria

(Anticipamos elementos de la primera parte del episodio piloto para poder encuadrar y juzgar la serie en su conjunto)

“La verdad, agente, es como un relámpago. Sigue la línea de menor resistencia”

Son muchas las series que proporcionan entretenimiento, que ofrecen una ligera distracción para el agotado trabajador, productos quizá perecederos cuyo mérito estriba en “aliviar canas” como señaló Cervantes de las novelas de caballerías. Nadie debería censurar esas series de rápida digestión: consuelan. Pero tampoco debemos etiquetar de snob al que estima y valora otros productos más herméticos, más exigentes, que tribulan al espectador, que reclaman su atención, que tensan su paciencia pues cifran el deleite en la dificultad. Cuando atacaron a Góngora, este reivindicó desde su rincón en Córdoba que hay un arte que aviva el ingenio, que se convierte en desafío que dignifica la lengua. The Shadow Line se encuentra dentro de ese linaje.

La BBC nos tiene ya acostumbrados a una factura de corte exigente, basada en un tempo pausado que antepone la construcción a la adicción, defensora de trabajos de lenta cocción, donde la trama se construye a partir de la psicología, a raíz de la comprensión de conductas. Eso pone a prueba al espectador que, si tolera ese ritmo, degusta un sustancioso plato y así se hace insignificante el tributo frente al resultado final. Miniseries tan espléndidas como The Hour, Luther o Inside Men, todas emparentadas en su estilo con la serie que analizamos, reclaman paciencia, pero a cambio, no tenemos tramas hinchadas, oscilaciones causadas por el temor a las audiencias o una apuesta comercial que degrada la autoría.
The Shadow Line

La miniserie pertenece al mejor cine negro. Desde Poe y Conan Doyle, fundadores de la novela criminal y continuadores de la novela naturalista, el género se ha ido distanciando de los rebuscados juegos de enigmas, ha dejado atrás los trucos, los insólitos finales donde todo encajaba y se ha preocupado cada vez más por reflejar las cloacas de la urbe, su corrupción, las redes enmarañadas de mafia y poder. Pasamos del jarrón chino que el detective recomponía en su cálido cuarto junto a una chimenea a la escena del crimen en el callejón, a la violencia repentina y a la decadencia de los ambientes donde ley y delito se confunden. En The Shadow Line encontramos la oscuridad moderna del género criminal, esa vocación presente de denuncia y compromiso que puede estar tan presente en la prensa como en un film tan devastador como No habrá paz para los malvados o Ciudad de Dios.

Este thriller policíaco no depara al televidente tiroteos y persecuciones de vértigo, donuts y giros rocambolescos, tan frecuentes en el género. Igual que sucede en Forbydelsen (y su remake americano, The Killing) o The wire, The Shadow impone la espera paciente, el ambiente melancólico frente al espectáculo de balas y carreras de coche al que nos tiene acostumbrados Estados Unidos. Credibilidad, verismo que David Simon premiaría: investigación, sombras y lagunas del sistema policial que enturbian el brillo de su placa, víctimas inocentes y muertes innecesarias vomitadas por la corrupción y los pecados del poder. Cine noir en estado puro, aquel que ya Chandler empezó a construir allá en los años 30, cuando la novela sale por fin a la calle a recoger ambientes y violencia, a captar emociones y dramas cotidianos, todas las ferias de vanidades que la novela de detectives hasta entonces había suprimido en favor del ingenio.
La trama arranca con el asesinato de un traficante, Harvey Wratten, a los pocos minutos de ser liberado gracias a un perdón real, un crimen inesperado que convulsionará no sólo la red criminal que dirigía, sino la propia cadena policial que se verá obligada a aclarar cuanto antes el móvil y detener a los responsables de su muerte.
A ambos lados de esa línea invisible, movediza como las arenas del desierto, que separan la honradez de la delincuencia, la ley del crimen, desfila como en una rueda de sospechosos un grupo de seres desenfocados que, en muchos casos, no dejan de ser víctimas por estar en el lugar y momento más inoportuno.
El policía encargado del caso se incorpora al cuerpo tras salir del hospital, a causa de una bala incrustada que ha eliminado unos recuerdos relacionados con una investigación anterior. Como Edipo, busca la verdad que revele no sólo al criminal, sino el fragmento perdido de su identidad; andará perplejo, balanceándose entre mentiras y sospechas, para esclarecer y cegarse con la verdad.
Frente a él, en la esfera criminal, un tipo corriente se verá forzado a liderar la organización, abruptamente decapitada, y reunir dinero suficiente para mejorar la vida de su mujer, afectada de Alzheimer, y abandonar el negocio del narcotráfico. Si el policía teme que su investigación pueda atarlo a un antiguo delito, en el caso del cabecilla criminal su delito tiene como recompensa una suerte de agridulce redención. En cada lado de la línea, ambos son ratones en un laberinto sin muros. La sensación de opresión es subjetiva, pero notable para el espectador, porque ronda –ya desde el primer capítulo- como gris pólvora la impresión claustrofóbica, pegajosa y constante, de que todo está escrito de antemano, ya todo determinado y previsto, en que el medio, el momento y la herencia marcarán y dispondrán un camino ya marcado para cada uno de ellos.
No recuerdo muchas series que aborden con tan desgarradora explicitud la degeneración que impone el Alzheimer y en especial afronta junto al tabú de la enfermedad, su dolorosa reverberación: el trastorno que produce en las personas amadas. ¿Cómo encaja el Alzheimer dentro de una miniserie policíaca? Nada tiene de gratuito, como veremos, ya que la memoria se convierte en el centro de la trama: recordar el pasado, cuestionar la identidad. Toda investigación busca aclarar un misterio, cazar un punto elusivo del pasado que es motor de cualquier thriller policíaco que se precie; más aún en esta serie, donde la amnesia o el olvido están presentes desde su arranque.
La serie mantiene una sensación de tristeza a lo largo de su corta trayectoria. La melodía de los títulos de créditos, que reflejan la trayectoria de una bala, nos inocula la melancolía, pero también la oscuridad en la que ingresan los protagonistas. Como si la niebla londinense hubiera hurgado en el corazón de esta serie. Y pocas veces una serie ha mostrado una visión tan cruda y demoledora del sistema policial, acusando como Serpico a todo el sistema. A raíz de una bala que todavía nos hace sangrar.
Y aunque la trama sea por momentos tortuosa, la conclusión es tan valiente como esclarecedora. Subyace en esta miniserie la dolorosa verdad de Sade: “en una sociedad criminal, hay que ser criminal”.
Apertura

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