Tres máscaras que (se) interrogan

Son tres imágenes, tres rostros, tres puertas que nos interrogan y se interrogan. Retratos y abismos en los que el fuera de campo queda ensombrecido por el fulgor de tres cuerpos que centellean, que absorben la mirada del espectador y le devuelven a un mundo que reconoce. En realidad, tres fotogramas que son uno: el que muestra el teatro del mundo y nos hace dudar de hasta dónde llega la ficción de la proyección y hasta dónde la realidad de la identidad. Los andamios de tan delicado concepto en el rostro de dos actores: Viggo Mortensen y Ben Affleck. Las películas: Una historia de violencia, Promesas del este y Perdida. David Cronenberg y David Fincher. David & David: un juego de espejos. Enciendan la luz del proyector y dejen que las sombras invadan su televisor.

Una historia de violencia (David Cronenberg, 2005)

Una historia de violencia (David Cronenberg, 2005)

Porque de sombras versan estos filmes, de espectros que se disfrazan y ni siquiera ellos mismos saben en qué momento el disfraz deja de ser tal para convertirse en su piel. Ni ellos, ni nosotros: Una historia de violencia es la puesta en escena de una mascarada, la evidencia de una farsa, la que intenta vivir Tom Stall, un hiperviolento pueblerino que oculta un pasado que poco a poco irá desvelándose. Una revelación que hará que caiga el telón sobre una supuesta familia idílica, que la representación termine y el público pueda ver los mecanismos ocultos, el verdadero rostros del horror y la atracción, esa eterna lucha entre el Eros y el Tánatos que queda perfectamente retratada en la escena de sexo entre Tom y su mujer. Este plano final, es última imagen de Tom volviendo a su hogar tras haber “solucionado” su pasado es una de las más inquietantes que nos ha deparado el cine en los últimos años. ¿Quién ha vuelto? ¿Puede seguir siendo el hombre que había sido hasta la irrupción de ese brote de violencia que ha invadido la narración en su recta final? ¿Quién se sienta a la mesa con su familia: el hombre o el monstruo?

 

Promesas del este (David Cronenberg, 2007)

Promesas del este (David Cronenberg, 2007)

Algo diferente sucede en Promesas del Este: Nikolai, el protagonista es el chófer de una importante familia de mafiosos. Parece un simple rostro peligroso, un asesino a sangre fría que (a diferencia de Tom Stall, que mata en brotes explosivos de violencia) medita cada paso milimétricamente. Su violencia es la del estratega que mueve y sacrifica piezas con un objetivo mayor oculto a nuestra mirada. (Atención Spoiler) Cuando se desvele que en realidad es un policía, un agente encubierto, que trata de llegar a las altas esferas del crimen organizado para destapar la red. Y llegará alto, tan alto que liderará la familia para la que servía como chófer tras quitar de en medio al patriarca Semyon. Siempre ha sido un conductor, él fija el rumbo, pero sin que sepamos hacia dónde nos dirige, es el demiurgo de rostros impenetrable: esa imagen final, con su rostros iluminado y el fondo oscurecido es de una magnifica ambigüedad. Ahora es el rey, peor no sabemos qué rostro es el verdadero, si el del agente encubierto o el del nuevo jefe de la mafia. Su mirada se pierde y la nuestra no sabe dónde encontrarle, si esa efigie regia, oscura y luminosa será un adalid de la justicia o de la corrupción ¿En qué momento comenzamos a dudar? ¿Cuál ha sido su verdadera intención? ¿Cuál es su disfraz?

Perdida (David Fincher, 2014)

Y con tantas preguntas llegamos a la última obra de David Fincher, una obra que ya en su ejecución es un disfraz, una narración que se viste de thriller para convertirse en una gran sátira, de una cariz cómico muy negro, casi podríamos decir que abismal. Cuando desaparece Amy, la esposa de Nick, todas las miradas se posan sobre él, sobre su conducta y actuación previas y posteriores. Fincher mezcla dos narraciones: la del pasado, desde el punto de vista del diario de Amy, y el presente, desde la óptica de Nick. Dos narraciones contrapuestas, dos personajes antitéticos, dos seres de los que desconfiamos: uno a otro se van disfrazando y, poco a poco, desvistiendo para, al final, verse totalmente desnudos. Tras años conviviendo como matrimonio el desconocimiento entre ambos es evidente, el resentimiento, terrible. La imagen emblema de este filme, la que vemos en este artículo, corresponde al instante más verídico del protagonistas, el único instante en el que sabemos qué siente y quién es: un ser desprotegido, subyugado a una farsa, incapaz de escapar, incapaz de ser. La duda, la vacilación entre ser o no ser: continuar con la puesta en escena o desvelar una verdad que el mundo no creerá. Si los dos filmes anteriores mostraban unos rostros ambiguos, aquí vemos el rostros de la duda, un ser arrastrado al lodo del destierro de sí mismo, el terror de la revelación.

 

Tres epifanías, tres máscaras, tres filmes que danzan al son una música que desconocemos, que no oímos pero percibimos escondida tras los cuerpos pétreos y fugaces de los protagonistas. Sin embargo, reconocemos el ritmo, sesgado y ahogado, del temor: es la sinfonía macabra de la incertidumbre, un tríptico en el que el retrato es ficción y realidad a partes iguales. Luces y sombras de un despertar al mundo. Pero, ¿qué mundo?

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