RAFAEL CHIRBES I: PELO DE JABALÍ

“La verdad no la aplaude casi nadie” Rafael Chirbes

El Ministerio ha concedido el Premio Nacional a la última novela de Rafael Chirbes, En la orilla, desarrollada en el marco de la crisis; su anterior novela, Crematorio, que transcurre en la España del pelotazo urbanístico, se convirtió en una miniserie. Las ventas y la crítica favorable han proyectado su figura más allá de su antiguo estatus de escritor minoritario. Le ha llegado un éxito merecido, pero también la etiqueta de novelista de la crisis, autor de corte social y realista, gracias a la simplicidad de ciertos medios. Paradojas del reconocimiento mediático: su  popularidad ha empañado la sólida trayectoria que su narrativa ha consolidado. Es labor nuestra mostrar si han errado el tiro.

Por exigencias casi históricas, regresa con urgencia la novela social, el viejo realismo con ansias de transformar el mundo; así que son muchos los oportunistas que con calzador meten hipotecas, desahucios, corrupción en sus relatos, postulan una denuncia ligera, presumen de indignación, insertan un retablo de víctimas sin responsabilidad y verdugos como chivos expiatorios, y renuncian a presupuestos estéticos, a la experimentación, a la verdad novelística que debe distinguirse de la “real” para subirse al carro de la moda.

En este sentido, Chirbes estuvo antes de esta oleada. Se adelantó también a la memoria histórica y a la cadena de novelas, en general maniqueas, muchas veces conciliadoras, que transcurrían durante la Guerra Civil. Como sucede con la crisis, los novelistas que diseccionan la Guerra o la dictadura suelen construir personajes para capitanear sus ideas, evitan la ambigüedad o la contradicción, extreman las diferencias, escriben con superioridad moral y en el fondo, convierten la novela en programa o mitin. Chirbes no supedita su historia a una tesis o a una ideología, escribe sobre lo que ve, caiga quien caiga y así puede ensombrecer al (falso) revolucionario, al intelectual que sólo quiere ganar más, a los antifranquistas con su patente de corso que mercadean principios, a los de pasado heroico que roban al contribuyente…

Esa postura es de radical independencia y completa el principio de la novela como “espejo que se pasea” porque muestra no sólo la podredumbre de las torturas en celdas policías, los paseíllos a la tapia del cementerio, los desahucios y el hambre, sino que también ilumina las sombras del triunfo socialista (“OTAN, de entrada, no”), las tibias ideologías de algunos “progres”, ciertas cloacas que circulan dentro de la democracia, la amnesia y la dócil convivencia, el hijoputismo hispánico… Su vertiente social lo es en un sentido que abarca una verdad incómoda: su lectura es como acariciar pelo de jabalí.

Dos viejas comiendo

Pertenece a la cáscara amarga, como se decía cruelmente de los vencidos, porque habla desde la voz de la derrota como ya lo hizo Marsé en sus mejores novelas (Si te dicen que caí) o el Galdós de su época final y más desencantada. Su dureza exige un lector maduro, ni vanidoso ni infantil que pretenda consolarse con un cuento o una falsa esperanza. Aunque en otro género, Chirbes no se aparta de la vertiente crítica, lúcida de Larra, que escribía: “uno de los medios esenciales para encaminar al hombre moral a su perfección progresiva consiste en enseñarle a que se vea tal cual es”.

Representa esa vocación de sinceridad un tacto de espino o zarza. Advertimos el desencanto en La buena letra: “Cada una de sus ausencias me ha llenado de sufrimiento y me ha quitado ganas de vivir”.

Cada una de sus novelas se parece a un filete crudo, casi indigesto, y si le ha llegado el éxito ha sido a pesar de una incuestionable dignidad, de una amargura humilde que no rebate o atenúa, de no doblegarse a ningún lenguaje retórico u optimista. Su escritura posee un tono de desengaño, de desconfianza, coherente con un mundo también desengañado, donde se han desmoronado las tres grandes certezas: el marxismo demostró que cualquier idealismo derivaba de las infraestructuras económicas, el darwinismo destruyó la soberbia adánica del hombre y por último, Freud rompió la unidad de la conciencia humana. No es de extrañar que Chirbes insista en que construye sus novelas a la deriva, instalado en el desconcierto moderno, y termine siempre con una sensación de vacío. Sus ensayos se reúnen bajo el título de El novelista perplejo.

Archivo fotográfico de la Guerra Civil

Escritor desarraigado mientras arraigaban todo los demás, según palabras similares de Martín Gaite, escribe aparte de esa generación bífida y celebratoria del cemento y del snobismo autofágico, construye una estética responsable y fiel al mundo invisible que quiere descubrir. Y lo logra con la valentía de no poner el dedo en la balanza, de no someternos a su verdad biográfica. Chirbes no es, en definitiva, ermitaño de madriguera ni mero retratista de la crisis que el éxito o los premios puedan aplacar o debilitar su naturaleza hirsuta de jabalí. No renunciará -lo sabemos- a la trufa amarga, a pisar el fango y a traernos una realidad erizada con cada una de sus novelas.

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