La escritura fascinante de J. G. Ballard

Ballard pertenece por derecho propio al género de ciencia-ficción, pero reducirlo sólo a esos parámetros es tan inexacto para él como lo puede ser para Phillip K. Dick o Stanislaw Lem. Para muchos, el nombre de Ballard se asocia en exclusiva a la adaptación cinematográfica de Cronenberg: Crash, un cóctel enfermizo en que accidentes y deseo se funden; si nos remontamos en el tiempo, Spielberg adaptó El imperio del sol con un jovencísimo Christian Bale y donde se relataba la supervivencia de Ballard en un campo de prisioneros japonés. Pero si nos acercamos a su narrativa, no son pocos los elementos que nos sorprenden: a medio camino entre el entretenimiento más fantástico y la visión lúcida de nuestro tiempo, parece que leamos por momentos a un visionario, a un gurú y a un buen novelista.

Acontece algo muy extraño con Ballard: ejerce fascinación. La experiencia de su lectura electriza, embruja, absorbe hasta un punto fuera de toda lógica, nos encierra en su juguete durante horas, nos reclama y nos hace adictos a su prosa. Quien entra en su dimensión, necesita saciar su apetito con más libros.

En la historia de la literatura, pocos escritores crean en sus lectores discípulos y alteran la percepción del hombre cabal que se adentra en su prosa. El mundo, gracias a sus páginas, se vuelve ballardiano. Sólo me vienen a la cabeza tres ejemplos similares y son del siglo XX: Kafka, Borges y Lovecraft. Por momentos, el tejido de la realidad lo vemos a través de sus ojos: laberíntico, literario o insondable según a quien leamos. Gradualmente regresamos a nuestra mirada pero algo se retiene, porque sus sueños y sus visiones se adhieren a nosotros como el coral a la roca.

Ese talento magnético viene de sus tramas. Repasemos algunas de ellas: los habitantes de un rascacielos desatan sin causa aparente sus instintos más primitivos, un conductor accidentado naufraga en una isla de cemento, una extraña infección eterniza en idilios de cristal a toda la naturaleza (sea vegetal, mineral o animal), en un futuro distópico desembarcan unos aventureros para recorrer un Estados Unidos destruido y desértico, un barrio residencial de alto standing es víctima de una masacre tan calculada como injustificada,… Los personajes son casi insípidos, pero sus tramas son predicciones exactas de nuestras pesadillas actuales, donde el sexo, la tecnología y las psicopatías organizan nuestro tiempo. Sontag, Braudillard, Amis, Burguess y nuestro presente dan a sus hipótesis extremas, a sus visiones críticas una validez casi absoluta. Pero con esto, Ballard nos atrapa, pero no nos hace todavía adeptos.

En sus novelas anidan ciertas conviccciones. Según sus propias palabras, lo paranormal o extraordinario no procede sino de lo material y cotidiano. Igual que sucedía en Gómez de la Serna y sus greguerías o sus magníficas -aunque delirantes- memorias, las cosas nos muestran un espíritu poético, lo inorgánico tiene vida. En los objetos triviales se refugia el misterio.

Su fantasía se ciñe a lo tangible, coherente y objetivo, lo que demuestra una lectura inteligente y una influencia recreada del movimiento surrealista. Ha declarado en distintas circunstancias la influencia del surrealismo, pero no desde la vertiente literaria, liderada por Breton, sino a través de la pintura: Max Ernst o Dalí y remontando la corriente, Gustave Moreau. De ahí que la lectura de Ballard nos abra la conciencia a paisajes y texturas, heredadas y reinventadas desde el surrealismo.

Aunque no hayan conclusiones morales o psicológicas en las novelas de este autor británico, sus mitologías de futuro o de origen centran su naturaleza en lo subjetivo, en sus caprichos. Lo que lo convierte en un escritor auténtico, es decir, original en su sentido más exacto. Y rescatemos, por último, su mayor convicción: “en un mundo perfectamente razonable, la única libertad posible es la locura”. Quien se acerque a Noches de cocaína, encontrará una perfecta traducción de esta idea a la sintaxis narrativa.

Todo esto sirve para explicar su grandeza, para conocer mejor su perspectiva del mundo, pero no explica del todo la fascinación que ejerce. Pongamos el diapasón junto al lector atrapado en sus novelas, ¿cuándo vibra de emoción? ¿cuándo surge el amor incondicional, incluso obsesivo? Pues siempre en una misma tonalidad: la escritura. Afinada en la precisión y en la elección de cada palabra. Notamos su trazo de cirujano, al leerlo lo etiquetaríamos como poeta y geólogo, como biólogo y mecánico, su fértil escritura se escapa del oficio literario. Nos sorprende con palabras nunca vistas en un texto narrativo, revoluciona los códigos como haría un poeta al admitir términos, prisioneros de manuales clínicos. Eso es lo que nos asalta y aturde: pone la ciencia, la tecnología al servicio de la imaginación. Su taller resulta ser más grande de lo habitual. Al romper la convención de lo que esperamos leer, nos arranca del aburrimiento, de nuestras expectativas más elementales, que son las lingüísticas.

Ballard quiso ser psiquiatra, estudió dos años medicina, leía con delectación medicina forense, incluso recomendaba con provocación casi dadaísta la lectura de las páginas amarillas. Con narrador tan singular, los paisajes más imaginativos no los hallaremos en las alucinaciones, en los delirios, en las distopías de sus novelas, sino en cada palabra. Si los diccionarios hoy recogen la palabra ballardiano es porque Ballard nos enseña que el diccionario alberga todavía indicios de nuevos continentes por explorar.

Pintura de Max Ernst

Pintura de Max Ernst

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