El mundo es de los muertos. Reflexiones en torno a Kiyoshi Kurosawa

Sería fácil decir que Kiyoshi Kurosawa es un artesano del terror, un creador que sabe tejer historias desasosegantes en las que deja impresa la huella indeleble del miedo y el remordimiento. Sí, sería fácil y cierto, pero en realidad Kurosawa no es eso, o no solamente eso: es un fabulador del individuo contemporáneo y su aislamiento. El director japonés es un gran pensador de la condición humana, de la identidad de un mundo en progresiva descomposición. Digamos que su estilo nace de un cruce entre el suspense de Alfred Hitchcock (lejos del susto fácil, Kurosawa prefiere crear una tensión espacial y emocional entre los vivos y los muertos) y el naturalismo cotidiano de Yasujiro Ozu (su interés en radiografiar las costumbres del Japón actual a través de la desintegración de lo cotidiano ante lo inverosímil). El marco fantástico de género de terror en el que suele ambientar sus filmes no son más que esquemas que trasciende con el fin último de crear un fresco sobre la sociedad y el individuo en el mundo que nos rodea.

En este sentido, dos obras destacan por encima de las demás, dos obras enigmáticas y ambiguas: “Kairo” y “Retribution”. Dos obras que se miran cara a cara y que enfrentan su mirada encontrada a la del mundo mecanizado que nos envuelve. Una mecanización visible a través de la ventanas que Internet nos abre al mundo, en “Kairo”, y por esos paisajes industriales, llenos de óxido y espacios abandonados que delimitan la topografía de ambas obras. Una integración del individuo en un paisaje desolado, reflejo de su psique y su conciencia: edificios en ruinas, arquitecturas de un mundo obsoleto, expresión máxima del derrumbe de la conciencia humana. Una poética del fin del mundo, del desierto urbano/humano: la imagen de una pantalla de ordenador en la que podemos ver, en bucle infinito, el transitar de los fantasmas, su caminar sin rumbo, es la otra cara de la moneda del ser humano que camina alienado y solitario. Es curioso ver en ambos filmes cómo las urbes van adquiriendo una presencia total en detrimento de los seres que las habitan. Fijémonos en el espléndido final de “Retribution”: el protagonista camina entre los restos de una ciudad de la que todo rastro humano ha desaparecido, sólo un viento violento que anuncia el principio del fin parece ser su compañero para el devenir de los tiempos. La decadencia y abolición de la humanidad: el flaneur deja de caminar entre la multitud y se erige en único caminante de una ciudad deshabitada que pertenece a los difuntos que la inundan con su ausencia.

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Éstos, los fantasmas, funcionan, como no podía ser de otra manera, a modo de metáfora nuestra condición: en “Kairo” son residuos digitales, imágenes de una red de comunicación global que ensombrece la existencia real; brechas que abren la memoria de un pasado olvidado, en “Retribution”. Los muertos son remanentes que se incrustan en la realidad para señalar nuestros errores, su presencia física prefigura el horror de la incomunicación, del silencio, de nuestros actos más secretos. Incapaces de encajar en la realidad, sus movimientos son una danza macabra, un baile de muertos (en “Kairo” hay, sin duda, una de las escenas más terroríficas de su filmografía, cuando uno de los muertos se aproxima con movimientos antinaturales hacia la cámara); su carácter etéreo es una simulación, una farsa con la que traspasan la brecha y nos hacen ver el teatro del mundo, el carácter artificial de nuestras vidas. Nos anuncian ya que el mundo ha dejado de pertenecer a los vivos y que por el transitan los muertos, convirtiendo las urbes en sus glaciares hogares.

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Dos elementos persistentes en el universo del director japonés caracterizan a los fantasmas: el agua y el color rojo. El líquido elemento es el poso en el que perviven los muertos, de ahí las constantes manchas de humedad, la negrura de los edificios y sus paredes: el final de “Kairo”, en el que vemos un barco cercado por la inmensidad del océano, no es más que la afirmación de que los muertos han inundado la realidad de los protagonistas, exiliándolos en tierra de nadie. Por otro lado, el color rojo escenifica en pantalla la presencia de los fantasmas, en contraste con los tonos ocres de las humedades: la cinta roja con la que cierran marcos y ventanas, el vestido rojo de la difunta en “Retribution”… Dos elementos contrapuestos que bien puede leerse como el rastro de una ausencia (las humedades) y el aviso de una presencia (el rojo).

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Kurosawa sabe explotar perfectamente los espacios abiertos a través de unos planos generales que empequeñecen a los protagonistas, donde los edificios grises de las ciudades adquieren todo el peso de la plasticidad de las imágenes, una verticalidad que rompe con la horizontalidad de los movimientos de cámara en los interiores, donde juega con la profundidad de campo a través de los marcos de las puertas y de los espejos que devuelven una imagen que está en fuera de campo. Una tensión entre lo que se ve y lo que se esconde que, unido a la presencia tangible de los muertos, crean una dinámica en sus planos que abren una puerta hacia lo real de lo fantástico, los espíritus se hacen tangibles, poseen una materialidad liviana, un cuerpo visible que permanece ante la mirada del espectador pese al terror que infunde.

El terror se convierte, en las manos del maestro japonés, en un género con el que reflexionar sobre la condición humana en el siglo XXI, sobre los paisajes urbanos, la soledad y el peso del pasado. Si sus imágenes producen tanto terror, no es únicamente por la magistral creación de ambientes lóbregos y por esa dilatación en sus planos entre lo que se ve y se esconde; antes bien, el terror nace de su análisis sobre la identidad del individuo ante la sociedad, sobre sus claroscuros en un mundo que, tal y como indican los finales de ambos filmes, pertenecerá a los muertos.

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