ARTHUR MACHEN: UN NUEVO TERROR

¿Es una pulsión, un instinto, una necesidad o una perversión? Tras muchas conjeturas, nadie esclarece el porqué, pero la humanidad goza pasando miedo.

Ya nos encontramos con el horror en un libro remoto, Libro de Enoch, donde nos hacen temblar con gigantes y terribles catástrofes; la Biblia es un catálogo de amenazas, de dioses vengativos y de juicios finales; Petronio escribirá incluso una versión del hombre-lobo.

La literatura de terror evoluciona –y mucho- hasta llegar a fundirse en un género: el horror gótico. Y los lectores de aquel siglo quedan fascinados y aterrorizados con ese género de tono moralista, cristiano, macabro, inflado con una parafernalia de cadáveres, cementerios y dramas sentimentales. Por desgracia tantos efectos y excesos apenas hoy nos arrebatarían un minuto de sueño. Esa tradición gótica tiene dos obras célebres: El monje de Gregory Lewis y El Castillo de Otranto de Horace Walpole, pero en general sus muchos discípulos carecen de talento y esa abultada colección de gemidos que se propagan por Europa enmudece en 1820. Las sociedades cambian, también sus temores, necesitan de mejores monstruos, así tenemos supremos espantos en El Horla de Maupassant, en Frankenstein de Shelley, en los relatos de Poe o en los delirios de E.T.A Hoffman.

“No creo en fantasmas, pero me dan miedo” confesó Madame du Duffart. La ciencia, el racionalismo, la electricidad deberían haber dado el último estoque a este género, pero nuestro deseo masoquista por los sustos llena todavía las salas y las estanterías. ¿Cómo se logra? Puede desaparecer Tarzán tras la desforestación de las selvas, pero necesitamos héroes y territorios inhóspitos; puede dimitir el espía ruso tras la caída del muro de Berlín, pero necesitamos enemigos. Los espiritistas han sido desacreditados, la bombilla debilitó nuestro miedo atávico a la oscuridad, los fantasmas murieron en el Canterville de Oscar Wilde, los difusores de lo sobrenatural son destronados por el escepticismo y el progreso,… pero necesitamos que nos asusten.

Turner

En el siglo XX, un grupo de creadores abrieron una nueva senda de enigmas y de caos: Blackwood, Hodgson, Howard, M. R. James, Arthur Machen y por supuesto, Lovecraft. Sus creaciones eran conscientes de su época y asumían las preocupaciones de su tiempo, no manejaban esqueletos sino los nuevos horrores del hombre: la guerra, la alienación, el inconsciente, la locura. Frente a quienes todavía defienden el terror como una vía escapista, olvidan que sus misterios subliman los terrores de nuestro siglo, ya sea la bomba atómica, el hambre, las fosas comunes, las crisis financieras…

Arthur Machen es un autor harto conocido en Inglaterra, incluso existe un club especializado en su obra, mientras que en España, país de escasa tradición en lo sobrenatural, apenas resuena el título de El gran dios Pan y los pocos que conocen su obra es gracias a su difusión a través de Lovecraft y su esencial ensayo El horror en la literatura. No ignoro que Borges dio cierta publicidad a su obra.

La novela corta El terror desencadena su inicio a partir de dos hechos: un aviador muere al chocar las hélices de su avión con una bandada de palomas y sin aparente conexión, explota una fábrica de munición con sus operarios dentro. Estos dos indicios de la atrocidad que poco a poco se extenderá por toda Inglaterra se inscriben en el marco histórico de la Primera Guerra Mundial. A pesar de los esfuerzos del Gobierno y la Prensa por ocultar la verdad, empiezan a producirse nuevas y extrañas muertes sin explicación alguna. No hay móvil ni presunto asesino, incluso causa de la muerte. La fascinación que produce la novela no está sólo en la truculencia de las muertes, sino en el enigma que envuelve todo. Novela precursora de todas las paranoias, conspiraciones y teorías que envuelven a series como Expediente X, plantea la imposibilidad de saber, de conocer. El protagonista y sus más allegados manifiestan toda clase de posibles enemigos: un rayo Z, los alemanes, ilusiones colectivas,… como en cualquier relato criminal de Holmes o Dupin. No hay certezas, salvo la amarga sensación de que la muerte se extiende por las islas.

Gradualmente, adivinamos cómo la mano del hombre ha suscitado un cambio terrible y sin anunciar cuál es la mano asesina, Machen nos anuncia que el nuevo espanto procede del ser humano, de su agresividad bélica. Igual que Albert Camus anunciaba que la Peste es producto del hombre y que en cualquier momento pueden reaparecer las ratas, Machen como testigo de la Gran Guerra supo de la capacidad destructora de sus coétanos, de su especie. Decepción ante la vileza de su mundo.

El terror moderno que anuncia Machen no será fantástico, inmune al entorno, sino que se integrará en él: su escritura nos entrega un espejo insumiso y congruente de nuestras propias maldiciones. El nuevo terror brota las entrañas del hombre, de su locura, de su hambre homicida, como ya se insinúa en Soy leyenda de Matheson y se explorará profusamente con los zombies de este siglo virtual. Pero esa es una pesadilla que otra noche soñaremos.

Arthur Machen

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