GRACIA Y HORROR EN TRUE DETECTIVE

Nunca con tan poco se ha logrado tanto. Apenas contamos con una temporada de ocho capítulos. Una miniserie que ha aumentado hasta adquirir el tamaño de un titán. A priori, eran pocas las expectativas: argumento previsible con una pareja de detectives en busca de un siniestro asesino. Un guionista, Nic Pizzolatto, conocido por colaborar en una serie lóbrega como The Killing. El director, Joji Fukunaga, había alumbrado hasta el momento una película, Jane Eyre, sobresaliente adaptación del romanticismo crepuscular de Jane Eyre. Les acompañaban en esta aventura incierta, impulsada por la fe de HBO, dos actores con carreras cuanto menos discutibles, en especial la de un galán musculado llamado Mathew McConaughey. O desconocidos sin trayectoria o estrellas sin lumbre.

En cambio, pocos son ahora los que no han oído hablar de la serie. Todos los que trabajaron en ella viven las mieles del momento, flotan en un estado de gracia reforzado por premios y críticas de tono exaltado. Pero sus creadores tiemblan ante la medida imbatible de su triunfo: ha creado fanáticos y un culto global. Los espectadores nos hemos rendido ante esta serie y deslumbrados, esperamos impacientes la llegada de la siguiente temporada.

Marty y Cohle

No obstante, True Detective es una de las más oscuras criaturas de la pequeña pantalla. Es tan lúgubre y desasosegante que aún sorprende su éxito. Suscita una de las emociones más puras y primitivas, el terror, que pocas veces se nos ha mostrado tan cruda en televisión. Pensemos en el espanto que nos atenaza en películas tan distintas como Prisioneros o El secreto de sus ojos si nos atenemos a películas del género criminal. Como en ellas, nos espanta la conducta de sus monstruos, pero también –y resulta todavía peor- la lógica perversa que contamina su entorno, ya sean víctimas o perseguidores. Nos aterrorizan las llanuras de la psique , nos ahogan los pantanos del corazón humano. Si ampliamos con libertad el campo de análisis, si salimos del género de detectives y abrimos el espectro, en True Detective resuenan ecos de La matanza de Texas, de Arthur Machen, de Lovecraft. Porque en esta película de ocho horas subyace un dogma común a todos los novelistas de terror, ya sea Poe, Sade o Stephen King: creen en la existencia del mal puro.

Para crear esa ambientación irrespirable de lo maligno, de lo infernal, la historia zarpa sin asideros éticos, los protagonistas están llenos de sombras, de ángulos muertos, de cloacas. Aunque Cohle o Marty aspiren a la redención o al perdón, se mueven en la nada. La metafísica del “recaudador” Cohle, interpretado por McConaughey, no se integra en el ateísmo, sino en un nihilismo lleno de cinismo. Es un personaje abocado al suicidio que camina sin timón por una desesperación extrañamente estática. Sin empatía, cruel en los interrogatorios (“Mozart de la hijaputez” le apoda su compañero de fatigas), por momentos parece un oscuro predicador de Cioran o de Nietzsche, un lisérgico pastor de Alan Moore y Gran Morrison. Veamos algunas de sus perlas de desencanto y amargura, inéditas reflexiones en la pantalla, cargas de profundidad para el espectador medio:

“¿Tienes que juntarte con otros y contarte historias que violan cada ley del universo sólo para poder superar el maldito día?”

“Creo que la conciencia humana fue un trágico paso en falso de la evolución”.

“Alguien una vez me dijo: ‘el tiempo es un círculo plano’. Todo lo que hemos hecho y todo lo haremos, lo repetiremos una y otra vez.”

Territorio igual de oscuro atravesamos de la mano de Marty –interpretado por un contenido Woody Harrelson-, en apariencia defensor de códigos tradicionales, de valores familiares, un borrachín padre de familia y que esconde a un hipócrita, a un adúltero, a un bruto.

Tras el espesor de sus desprecios, de sus diferencias, forman una pareja tenebrosa, son almas torcidas -como los amuletos que encuentran en la escena del crimen- que no dudarán en forjar falsas coartadas sin dudarlo y anteponer el fin a los medios. En Poe tenemos degenerados u obsesivos; en Lovecraft, lunáticos solitarios; en Stephen King, perdedores con ánimo vengativo; Cohle y Martin son el cóctel perfecto que destruye todo a su paso. Sus ojos, felinos, están ya adaptados a la oscuridad.

Y en el proceso, cada uno atisbará instantes del horror que se avecina. En el caso de Martin, un microondas bastará. En el caso de Cohle, una tortura que describirá con frío laconismo, capaz de quebrar nuestros nervios. Sin esperanzas, pueden adentrarse en el infierno. Pero para entrar en Carcosa, será necesario atravesar un círculo más: una cinta de vídeo se convertirá en el resorte para asumir un camino sin salida. Aunque nos chirríe, tomarán conciencia de que deben ser aliados en la luz. Bañados en la gracia del horror, como sucede en La naranja mecánica, esa visión eludida al espectador de una tortura ritual, los trastornará, aunque también dotará de un sentido trascendental a sus vidas. Arrastrados hasta el límite, a través de la oscuridad, se convierten en verdaderos detectives.

Cinta de vídeo en True detective

Aunque nos chirríe la transición, a través del Horror, entrevisto durante su viaje noctámbulo, hallan la serena Gracia. El cambio que opera especialmente en Cohle puede resultar brusco y en cierto modo, no complace del todo al espectador, pero tiene una lógica narrativa hasta cierto punto incuestionable. Como seres rotos, pueden comprender y enfrentarse al mal, asumir su destino de faros en la oscuridad. Ascensión espiritual: rebelarse ante el mal y revelación del amor.

No es pues extraño que muchos hayan visto santidad, misticismo en esta oscura serie de detectives. ¿No comparte esta serie, llena de símbolos y metáforas, similitudes con el viaje de Dante, dividido en Infierno, Purgatorio y Paraíso? ¿Es descabellado concebir el espanto y la iluminación como la espina dorsal de esta serie?

Espiral en True detective

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