BREAKING BAD II: EL ENIGMA HEISENBERG

(Esté artículo está inundado de spoilers sobre la serie Breaking Bad. Gocen de la serie antes de continuar leyendo)

Afrontar el análisis de Breaking Bad no debe limitarse al elogio sino al análisis, porque en muchos aspectos la serie abandona al espectador en un estado permanente de incertidumbre, de cuestionamiento. Como heredera de Shakespeare, la serie se mueve en el terreno del gris y nos atenaza con la ambigüedad. Walter White como la Esfinge de Tebas nos plantea enigmas. ¿Es Breaking Bad un “tirar por el lado equivocado”? ¿Habla de la forja de un criminal, de un icono gansteril a la altura de Scarface? ¿Una maniquea observación del bien y el mal?

Para pretender una respuesta, evocaré uno de los muchos instantes memorables de la serie, el del plato roto, aunque los hay mejores: “yo soy el que golpea a la puerta”, “di mi nombre”, una simple maceta…. Pongámonos en situación: Walter White esconde en el sótano a un criminal, se plantea matarlo o no. Tras varias conversaciones empatiza con él y duda si continuar con el plan pactado con su cómplice, Jesse. Rompe el plato sin querer a sus pies y a su regreso a la cocina, tiene una revelación y esa intuición, la de reconstruir el plato y averiguar si falta alguna pieza, define varias constantes de Walter y del futuro Heisenberg. Aplaudimos su inteligencia, su habilidad de concertar y maquinar, de anticipar; nos gusta que ese profe de química hundido se salga con la suya. Sus gafas parecen telescopios que ven lo que nadie adivina. Pero, ay, su suerte está echada. Planteemos la consecuencia de su genio: matará a su cautivo. Mientras otro moriría atravesado, inocente, a manos del cautivo; Walter sobrevivirá con el peso de un cadáver sobre su conciencia.

Plato roto

Es notorio nuestro esfuerzo y nuestra incomodidad al acompañar a Walter en su ascenso/descenso, pero cuando escapa y sobrevive a Gustavo, a Hank (Pickman reconoce atónito su gran suerte), también encadena y destruye su alma, su familia, su nombre. El espectador se ve manipulado como Pickman hasta asumir la verdad del personaje. Como testigos, avanzamos a través de sus traiciones y desengaños, compartimos sus inflexiones y su degeneración: de antihéroe a villano. Pero a diferencia de la criatura de Frankenstein, es un monstruo que pierde su humanidad en libertad, no por las circunstancias.

No hay Heisenberg y White o en todo caso, White es la careta. El que será responsable de tantas adicciones –recordemos la pareja yonqui a cargo de un niño y el horror de Pickman sobre las repercusiones de su actividad criminal-, se revela en la hora de su muerte un adicto al poder. No necesita un oráculo que le reclame conocerse a sí mismo, el cáncer le permite desvelar quién es en realidad, qué morfina necesita para vivir y construir su devastador imperio.

heisenberg[1]

Queremos a White y odiamos a Heisenberg. Pero ¿cuáles son las capacidades que admiramos en él? Su gran inteligencia, su habilidad en engañar, su capacidad de adaptación… Pues entonces amamos a Heisenberg. Esa es la gran seducción, el cáncer que también contamina nuestros escrúpulos.

El principio de indeterminación de Heisenberg enuncia: la acción del observador altera el sistema observado. Estoy convencido de que Breaking Bad nos demuestra el revés del principio: que no es White, sino nuestro sillón el que se ha desplazado de sitio.

“Say my name”. Heisenberg.

“Mi nombre es Ozymandias y soy el rey de reyes.

Considerad mis Obras; rabiad ¡oh Poderosos!”

Nada queda a su lado. Más allá de las ruinas

de este enorme naufragio, desnudas e infinitas,

solitarias y llanas se extienden las arenas.

Ozymandias, Percy Bysshe Shelley (traducción Juan Abeleira y Alejandro Valero)

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