BREAKING BAD I: Un reloj suizo

(El artículo desvela elementos importantes de la trama. Véanla y disfrútenla antes de continuar leyendo)

Cuando algún ensayista quiere lustrar o ensalzar su artículo sobre una serie habla siempre de década de oro televisiva, de la nueva narrativa, del corte cinematográfico de tantas series y absorbido por el optimismo, se deja llevar por esta hipérbole general. En parte, es cierto: la pantalla ha dado felices muestras de genialidad, gracias en parte a la sobreabundancia de productos y las apuestas valientes de algunas cadenas, pero podemos casi contar con los dedos de la mano el número de obras maestras.

Pero esas pocas obras -¿cinco, seis?- comparten algo en común: el privilegio de superar la decadencia, trascender la vida y las costumbres de su tiempo. No sólo nos llenan de asombro con sus giros y sus cliffhangers, también nos seducen y roban sutilmente nuestro tiempo, desarrollan tramas y diálogos que abolen el tiempo, perpetúan a sus personajes en un territorio ya universal, nos atrapan porque son más fieles a la verdad de la naturaleza humana que al gusto del espectador. Samuel Johnson escribía palabras similares, aunque mejor hilvanadas, para juzgar a Shakespeare; nosotros podemos dedicarlas con la misma convicción a Breaking Bad. Vince Gilligan ha dejado un clásico en nuestra repisa.

Hay obras de ejecución irregular, pero capaces de lograr el apelativo de únicas e incluso magistrales. Puede la ambición o un desarrollo barroco crear deslices, lagunas, reiteraciones en una serie y luego ser perdonadas. Nada de todo esto se observa en esta serie: Breaking Bad parece casi obra de la ciencia, producto perfecto, químicamente puro y con una geometría casi angelical. Como contemplar un milagro.

Heisenberg Pickman

Nos limitaremos a una serie de detalles, quizá harto conocidos, que ilustran este hecho. Cada personaje se asocia a un color, lo que resulta muy evidente en la evolución cromática de Walter White desde el blanco al negro: desierto, calvicie y más tarde, la barba, el atuendo de Heisenberg, sus gafas oscuras… La relación entre mentor y alumno de White y Pickman tiene una inversión muy pareja a la de nuestros queridos Sancho y Quijote. Los títulos de los capítulos uno, cuatro, diez y trece forman una frase reveladora: el 737 cae sobre AlBuQuerque. La partitura casi musical de los episodios, un cold opening y cuatro capítulos, aprendidos de Chris Carter, tienen resonancias en futuras temporadas, ya no digamos metarreferenciales.

Pantalones de Walter

Estos detalles juegan a favor de una revisión e incluso estudio posterior, pero también permite concebir la serie como un reloj suizo. Si White se fortalece con los descuidos, las piezas perdidas de otros, Breaking Bad tiene una estructura en la que nada sobra o falta. Ni siquiera los episodios comúnmente aceptados como bultos, por ejemplo The fly, se diseñan como en las novelas, donde importa más el viaje que la resolución –a diferencia de los cuentos-, es decir, nos permiten anticipar y explicar la explosión futura.

El propio Gillighan, creador y showrunner de esta pirámide alienígena, ha insistido muchas veces en el mérito de sus guionistas, capaces de sortear callejones sin salida, capaces también de generar asombro gracias a la inteligencia y no al efectismo. Si Arturo no logró Camelot sin sus caballeros ni D´Artagnan sin sus amigos, Gillighan admite que el esfuerzo cooperativo de todos, cuya implicación buscaba la unidad coherente, hizo posible esta alineación de estrellas. Lo mismo sucede en la interpretación, donde tantos han coronado la camaleónica construcción de Bryan Cranston y olvidan y eclipsan y ningunean el poliedro tan rico formado por el coro. Incluyo aquí la necesidad de reivindicar el peso simétrico de Aaron Paul: no es un simple escudero ni un simple resorte, Jesse tiene una dimensión trágica, un desarrollo moral contrario al de su colega, triunfa como hombre donde fracasa White a costa de la ascensión económica.

Y además, por si fuera poco, su calidad camina pareja con su popularidad. Es una feliz pirueta de esta sociedad que el éxito y la genialidad ya se den la mano y podamos ver artículos de filosofía y camisetas icónicas de Walter White, reconocimiento académico y presencia en Los Simpson, spin-off y versiones latinas, ensayos y montajes de YouTube…

Es este quizá el segundo milagro. Y quizá el más extraño. Lo mismo sucedió con True Detective, pero ese es otro reloj al que otro día daremos cuerda. Con el permiso de Heisenberg.

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