The Walking Dead: la televisión revive la serie B

 Cuando George A. Romero creó en 1968 la obra fundacional del género zombie, Night of the living dead, no pudo imaginar la repercusión que tendría no solo en su época, sino en el futuro. A partir de aquel año, una sucesión de películas fue dando forma a una legión de fans, entregados a la causa “zombie”. Y no únicamente en el mundo cinematográfico, también en el universo de los videojuegos surgió el fenómeno de la mano de la hoy tan denostada saga Resident Evil[i], ubicado en aquella mansión de pesadillesca memoria. Los zombies poco a poco fueron invadiendo el mundo creativo de la gran y pequeña pantalla, hasta que el año 2003 apareció un cómic que haría resurgir de una forma distinta el género: The Walking Dead. Y digo distinta porque las bases del cómic creado por Robert Kirkman y Tony Moore iban más allá de narrar el origen del brote, la confrontación entre vivos y muertos, el horror a la masa… Su intención era y es narrar la extinción de un mundo ya irrecuperable y el nacimiento de otro que habrá de sobreponerse a los horrores provocados por los muertos, pero sobre todo por los vivos.

Night of the living dead – Resident Evil – The Walking Dead

Y todo este resumen sucinto, en el que soy consciente de haberme dejado en el tintero muchísimas cosas, nos lleva a los pies de la controvertida serie The Walking Dead, creada por el más que interesante director Frank Darabont pero que luego ha ido pasando por varias manos sin encontrar, hasta el final de la cuarta temporada, un equilibrio entre el drama y la acción (no desvelaré nada, pero el último capítulo de dicha temporada es antológico). Era difícil imaginar una serie televisiva ambientada en el Apocalipsis zombie, una serie que atrajera a la gran audiencia a un mundo cuyos seguidores habían estado confinados a la serie B. Quizás por dicha dificultad de conciliar al gran público con la legión de fans del universo zombie, la serie ha pecado de mucha irregularidad, con tramos muy flojos, pero no debemos olvidar que ha sido capaz de mantenerse en el competitivo mundo audiovisual, aun a costa de la eterna comparación con el genial cómic del que proviene, y por ello no podemos dejar de alabar esta serie.

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Como ya hemos comentado, ha sido capaz de ensalzar un producto de serie B y convertirlo en una producción para el gran público, algo arto difícil teniendo en cuenta que la casquería es la nota predominante en este universo: visceras, desmembramientos, mutilaciones, han pasado a ser moneda de uso corriente, un elemento cotidiano. Ha tardado mucho, pero en la última temporada, el uso de la violencia ha sido uno de los temas centrales: no en vano Carl Grimes, el hijo del protagonista, se ve privado de poder usar armas de fuego (¡con lo mucho que costó que apareciera un menor con armas en la televisión!) por el uso injustifcado que hizo de ellas. Puede parecer baladí, pero que en un producto donde la violencia está justificada (al fin y al cabo, se enfrentan a seres ya muertos, no lo olvidemos), que el uso de ella devenga motivo central es un logro[ii].

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Un logro que conlleva otro, el de aunar reflexión y acción en un producto que debería tener un especial acento en este último. Aunque, todo sea dicho, es cierto que le ha costado encontrar el equilibrio: de una trepidante primera temporada, pasamos a una segunda que hizo de la monotonía un uso excesivo (aunque bien es cierto que la dilatación del tempo hizo que el impactante final de temporada, con la aparición de la hija de Carol, cobrara más intensidad y pusiera en entredicho todo lo acontecido anteriormente) pero que dejó claro que no se trataba de una obra que se basaba en unos buenos efectos especiales y buen maquillaje, en buenas escenas de acción y en la tensión que genera la inesperada presencia de un caminante en pantalla. The Walking Dead quería alejarse de los sustos y la tensión para adentrarse en el drama, en los conflictos generados por la convivencia, en lo que podríamos llamar la vertiente más humana del apocalipsis zombie.

Seguramente, esta reflexión sobre la cualidad humana tiene su punto álgido en dos momentos de la serie: el primero de ellos lo encarna el enfrentamiento entre Rick y el Gobernador, dos líderes enfrentados que, en realidad, son el mismo reflejo de la supervivencia. Con su enfrentamiento, la serie pone en liza la débil brecha que divide lo moral de lo inmoral: en un mundo nuevo, huérfano de reglas y leyes, el más fuerte es quien sobrevive, algo que pone sobre la mesa el despiadado, hipócrita y cruel Gobernador. Por el contrario, Rick parece encarnar la visión del líder que vela por su comunidad sin anteponer sus necesidad a la violencia descarnada contra los indefensos. Pero ambos modelos no hacen más que desembocar en el mismo horror, un horror que sobrepasa al que originan los muertos vivientes, un horror que convierte a la humanidad en enemiga de la humanidad. Los vivos se convierten en un problema mayor que los muertos vivientes que traen la destrucción al mundo.

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El otro momento álgido que pone en entredicho la cualidad de lo humano proviene de uno de sus mejores capítulos, aquel titulado “The grove” (La arboleda), en el que una de las niñas supervivientes, Lizzie, comienza a humanizar a los muertos vivientes, a considerarlos sus amigos, a jugar con ellos (qué imagen más inquietante la que abre este capítulo, con la mencionada Lizzie jugando al “pilla-pilla” con un zombie). Esta actuación no solo pone en evidencia las consecuencias del mundo, es decir, la incapacidad de los jóvenes que han crecido en él de diferenciar el horror de la cotidianeidad, sino que también, pone en entredicho el nomadismo de los protagonistas como medio de supervivencia: al igual que los zombies, ellos vagan por la tierra en busca de… ¿qué? El camino comienza a abismar a los vivos hacia un modo de vida comparable al de los muertos. Lizzie no es más que la encarnación del horror como visión cotidiana, la normalización de lo excepcional.

Un juego macabro entre la vida y la muerte.

Un juego macabro entre la vida y la muerte

Es cierto que The Walking Dead ha sido, hasta ahora, un serie con altibajos, pero si continúa su camino siguiendo la estela de este final de temporada, es probable que pueda aproximarse un poco más a esa sombra alargada que es el cómic del que nace y que hace que los destellos de genialidad de la serie pasen por ser meros reflejos de una obra mayor. Esperemos que The Walking Dead alcance un mayor grado de madurez del que ya ha dado buenas muestras y que la convierten en una de las grandes series televisivas. ¡Larga vida a los muertos!

[i] Sí, lo sé, ya antes habían aparecido otras obras, e incluso sagas, como Alone in the dark, pero no dejemos de lado que el boom lo originó la saga de Shinji Mikami.

[ii] Un logro que proviene del cómic, lo sé, pero aquí no se trata de comparar la serie con la obra original.

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