ORGULLO DE SER ZOMBIE: FESTIVAL DE SITGES

Sitges representa a esa Vila que todo alcalde quisiera poseer y publicitar en cada uno de sus plenos. Encalada entre las montañas del Garraf y los abismos del mar, Sitges es hoy y siempre un pueblo tranquilo, bañado por la sal de sus espigones y por esa luminosidad tan mediterránea, tan deslumbrante que Dalí codiciaba en sus cuadros. Tantos sus habitantes como los turistas ocasionales se maravillan con el romanticismo de sus calles, con el Rincón de la Calma donde siempre algún músico nos embelesa con sus acordes, con el emblema de su iglesia (llamada en su conjunto La Punta), con la blancura de sus paredes, con el vino dulce, con sus arroces y sobre todo, con sus gatos. A pesar de las fluctuaciones demográficas y de la decadencia que ha supuesto la crisis, Sitges cuida y conserva sus dos especies autóctonas: el pijerío burgués y el colectivo gay, o sea, las camisetas Hollister y las tiendas de cuero ceñido. Ellos han convertido al pueblo en lo que es y cualquier habanera que se precie en Sitges debiera cantar y homenajear a estos dos colectivos mientras beben ron cremat.

Panorámica de Sitges

Foto cedida por Núria Cabanillas Sala

Cuando madura la uva y se inicia la vendimia, tan celebrada aquí, se oyen extraños gemidos desde las montañas y un extraño olor a podredumbre invade desde este apacible, risueño y elegante rincón de Cataluña. Rumores de cultos satánicos, criaturas de horror cósmicos, indicios de vampiros se insinúan en los cuellos, desapariciones que confunden a los Mossos… empiezan a multiplicarse como Gremlins desde el 3 de octubre en el pueblo. Es el Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Sitges.

Nació en 1968 y nada ha logrado interrumpir su mediática presencia: ha combatido modas, superó ciertos embates de la censura, cosecha repercusión internacional pese a la tradicional indiferencia de la Generalitat y el Estado, y cada año crece imparable como si se tratara de una ola surfera. Algunos episodios de la historia del cine han nacido durante el certamen de Sitges –Reservoir Dogs de Quentin Tarantino-, los grandes fenómenos y nuevas modas ya se han adivinado o catapultado aquí –el cine oriental, la apoteosis zombie-, maestros indiscutibles del cine han tenido presencia y voz en alguna de sus salas. Donosti celebra el glamour, Cannes acoge la autoría, los Oscars afianzan la industria americana mientras el Festival de Sitges adopta la pluralidad y la imaginación como buques insignia.

Composición fotográfica

Foto cedida por Núria Cabanillas Sala

Hay quien confunde a Sitges con una cámara enamorada de la víscera y de los fantasmas, de los aliens y de las alucinaciones lisérgicas, pero su programación hoy tiene tantas secciones como gatos tiene el cine Retiro. Hay muchos Sitges dentro de ella y como una muñeca rusa se abra a la distopía, al cine primerizo (ESCAC en adelante), a la animación, al 3D, al gore, al fantástico, al documental… La novedad y el clásico, el arte y el merchandising, las salas del cine y las exposiciones tienen cabida en ella. Algunos ya han avisado de la fluctuación del Festival, de la ambición titánica de sus organizadores, de las dos paradojas que hacen peligrar la naturaleza única de este Festival: su ambiciosa propuesta puede hacer peligrar la identidad del certamen, el brutal éxito puede ahogarla o estrangularla. Pensemos que Sitges ha de contenerla y son tres sus únicas salas: Prado, Retiro y Auditori, nada más. Como el dos caras de El viaje de Chihiro, al que el deseo de ser querido lo convierte al final en una criatura destructiva, su crecimiento puede desbordar al pueblo que lo contiene. Abordar y solucionar estas paradojas son la clave de su futuro.

Pero Sitges no es una perita en dulce. Los distintos directores al hacerse con el certamen –Gorina, Sala…- desatan su deseo de renovar, de poner boca arriba sus cartas y hacerla internacional o catalana, hacer Caixa rápido, eliminar el sambenito de “fantástico”, de rehacerla o reeducarla… y todos se han rendido a la evidencia. El Festival de Sitges pertenece a los freaks, negarles su alfombra roja o descuidarlos supondría la defunción de Sitges, tal vez no moriría, pero seguro que sería otra cosa bien distinta y bastante aburrida. A cambio de su respeto, como en la mafia, sus fanáticos son leales y entusiastas.

Zombie Walk: una magnífica caracterización

Foto cedida por Núria Cabanillas Sala

Radiografiar a un grupo tan heterogéneo es una empresa encaminada al fracaso, pero por ello no pienso eludir la tentativa. En general, son treintañeros, quizá porque los jóvenes piratean, carecen de ese amor a la gran pantalla con la que nuestra generación se amamantó–la de los Goonies y Fraguel Rock-, su paga mensual es más reducida y quizá sean más sociofóbicos gracias al móvil y a las redes. Estos y estas cuasipuretas no ingresan grandes sueldos, carecen de pases vip, viajan en tren o en turismo apelotonados, soportan largas colas frente al cine o al autobús, toleran con estoicismo la lluvia y los abusos de la hostelería, muchos viven con sus familias, muchos son los raros en sus sociedades de emprendedores y culturetas, palabra que escasa relación comparte con cultura. Pero durante dos semanas muestran su orgullo: visten camisetas en la que hacen gala de sus caprichos como si fueran portaestandartes de su ser (Bad taste, Scarface son su saludo secreto, su bandera), gastan sus eximias ganancias en alojamiento y entradas, aplauden a rabiar o silban como una hinchada futbolística, son capaces de construir la mayor zombie walk de España.

Como King Kong, esta horda nocturna escala por unos días su Empire State para caer luego a su realidad de animal enjaulado, que es el hombre. En cierto modo, sus maniobras son irónicas: bajo la capa de muerte, de destrucción, de violencia que enarbolan e idolatran, su movimiento es vital, asertivo, pacífico. Se organizan bien, jamás la aglomeración culmina en violencia. Su V no es la de violencia o de victoria sino la V de alienígena, de serie freak con devoradores de reptiles y héroes sin poderes. Aunque si debemos consignar una sola victoria de esta minoría inmensa fue una y antológica: cuando Renfe, ese monstruo lento y cojo del transporte público, facilitó a Sitges un exprés para la una de la madrugada. Fue su 15M y como la de ellos, su pancarta ondea hoy tan nueva como vieja: este juguete –el cine, la democracia- es tan vuestro como nuestro, no lo olvidéis, vuestro poder y vuestro éxito emana de nosotros.

Un fan y dos zombies amigables

Foto cedida por Núria Cabanillas Sala

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s