Black Mirror: ante el espejo

[“If technology is a drug – and it does feel like a drug – then what, precisely, are the side-effects? This area – between delight and discomfort – is where Black Mirror, my new drama series, is set. The “black mirror” of the title is the one you’ll find on every wall, on every desk, in the palm of every hand: the cold, shiny screen of a TV, a monitor, a smartphone.” Charlie Brooker]

Black Mirror

En diciembre de 2011, a través del canal británico Channel 4, los espectadores asistieron a un acontecimiento que debió vivirse como un puñetazo en el cráneo o en el mejor de los casos, como una  inyección de actualidad y lucidez. Black Mirror es una miniserie concebida y emitida como tres episodios independientes que han merecido muchos calificativos: provocadores, nihilistas, visionarios… Pero tras diversos visionados, mi intuición pulsa una sola tecla, categórica e inflexible: Black Mirror es una obra maestra. Y no sólo la audiencia, sino la crítica respaldan de forma unánime esta impresión. Charlie Brooker, creador de la serie y guionista de los dos primeros episodios, es el impulsor y alma de la miniserie. Si alguien ha podido leer o escuchar a Brooker, sentirá que está frente a un genio irritado, verborreico, anarquista y misántropo, híbrido especial de Gervais y Kubrick. Columnista habitual de The Guardian, Brooker prefiguró con Dead Set parte de los temas y dilemas que Black Mirror explorará: con el pretexto del apocalipsis zombie y en el escenario singular del Gran Hermano británico, Brooker nos retrataba en su esplendor la miseria y estupidez humana (insalvable, inacabable), la tiranía de las audiencias, la sociedad como una pecera de retrasados caníbales. El trazo satírico y pesimista que dibuja esta miniserie se ampliará en Black Mirror y es que todos los episodios nos conducirán al horror, a una pesadilla diseñada al milímetro. Quien se contenta con ubicar la serie en el género de la ciencia-ficción y en la imposibilidad de sus universos, toma un camino equivocado. Tras la filigrana tecnológica, tras la distopía, tras los mass media sobredimensionados, se esconde una reflexión sobre la condición humana, si se quiere posmoderna, pero humana en su esencia. Si aludimos a Twilight Zone como remota referencia televisiva, queda patente que la ciencia ficción no es sólo una especulación científica, inspirada en el campo físico, natural o social, verosímil y sólo “posible”[i]. Las creaciones futuristas de P. K. Dick, Clarke, Asimov o de los propios Wachowsky no dejan de ser espejos filosóficos de nuestro presente y la creación de Brooker, más allá de la fría, brillante pantalla es un espejo misántropo y cruel de las motivaciones humanas. La tecnología como el temible espejo de la bruja refleja nuestras virtudes y pecados: la confianza, los celos, la vanidad, la responsabilidad, la inocencia, el miedo… Todos ellos aparecerán en Black Mirror.  Como obra maestra en un siglo XXI inmediato e incierto, posee un acabado técnico impecable: frío, minucioso, gradual; genera un desasosiego, un malestar constante; tiene una dimensión visionaria, profética. Kafka, Kubrick o Blake son genios; Black Mirror comparte parte de sus atributos y logra esa emoción agónica que sólo un genio puede estimular: atracción y repulsión.

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