NEIL GAIMAN: TEJEDOR DE SUEÑOS

Igual que Aracne, los narradores son tejedores, capaces de zurcir con metáforas, de engarzar un estilo único, de enhebrar ideas y experiencias al servicio de unos Hechos. Si a Homero le etiquetaban con el epíteto de “divino” era por su capacidad de crear mundos, de forjar intriga, de construir tramas; después añadiríamos su estilo, el manejo psicológico de sus personajes, su rico vocabulario… Un narrador puede ser un intelectual, un creador de palabras, pero el público lector quiere a un storyteller, a un cuentacuentos. Todos sus trucos deben servir a una máxima: no aburrir. Hay críticos que envenenan sus opiniones al considerar menor esa virtud, pero el origen de la literatura conecta con la llama de la palabra junto a una hoguera, con el testimonio moral y ejemplar de un héroe ante la comunidad, con el motor del entretenimiento y sólo más tarde, mucho más tarde, la singularidad, lo sublime, la pirueta estética, el individualismo han impuesto su valor en el canon literario.

Gaiman se une a esa pléyade de autores que los estetas censuran y que sólo el tiempo con su escalpelo rescata. Al combinar éxito, popularidad, géneros menores (las viñetas, la fantasía), su amor por el relato… se vincula a la estirpe de otros autores tan vapuleados como podrían ser Stephen King, Ray Bradbury, G. R. Martin, Ballard… Las visiones de este autor inglés se adentran en lo cotidiano y en lo universal, sacuden y logran grandes ventas, mientras la crítica las inscribe en una esfera circunstancial como si su musa fuera miope y debiera ser expulsada del Helicón. Injusta atribución, profecía errada.

La maravilla y la poesía conviven en las páginas de su gran novela gráfica, Sandman. Para quienes aún no se han asomado a su universo, una breve reseña: cuando los dioses son olvidados por los hombres, mueren; pero los Eternos son entidades primordiales, pautas míticas que interfieren con el reino de los dioses y de los hombres. Esta mitología cósmica se compone de una extraña galería de seres: Muerte, Deseo, Delirio, Destrucción, Sueño, Destino y Desespero. Los lectores irrumpimos en la historia cuando Sueño es aprisionado durante 70 años en una celda hecha de conjuros. Su desaparición ocasiona una serie de reacciones en cadena y con su regreso, se inicia una odisea de fantasía, horror y ética. Comparar el cómic con Watchmen de Alan Moore, con las mejores viñetas de Tezuka o Will Eisner, con Maus de Spiegelman… es innecesario porque los premios y el público ya la han situado en su lugar merecido.

La familia de los Eternos

Cuesta más admitir que pertenece a la Literatura, sin más, y es que Gaiman introduce referencias, citas, guiños a los mejores: a John Milton en Estación de nieblas, a Shakespeare en varios números, a las tragedias griegas (el hijo de Morfeo no es sino un trágico Orfeo), a las 1001 noches… Cada número amplía los parámetros del cómic y como Alan Moore subvierte los límites de la viñeta. Desfila lo macabro con lo poético, ya sea a través de una oscura resurrección de muertos en un internado, ya sea a través de una convención de asesinos en serie para luego mostrarnos una hermosa y compasiva representación de Muerte. Visitar una taberna en el fin de los mundos donde peregrinos de distintos mundos narran historias sobre Marco Polo, la Revolución Francesa, ciudades inspiradas en Lord Dunsany. Muchos son quienes como yo se rindieron antes a Sandman y prologaron sus números: Stephen King, Clive Barker, Peter Straub, Ramsey Campbell… Pero que nadie se lleve a engaño: no esperen erudición, sino alusiones irónicas y sutiles siempre al servicio del relato.

Hay vida más allá de Sandman: el mito y el horror se funden en los mejores relatos de Humo y espejos; la historia y la fábula moral caminan entrelazadas en American Gods; la aventura iniciática y el misterio en Los libros de la magia;… Nuestro autor de aire victoriano ha sido capaz de construir una galería de seres, animados con la misma llama de Shakespeare y de la Antigua Grecia; lo ancestral y lo cotidiano se mezclan como en los mejores cómics de Hellblazer. Como sucede con otros autores (y pienso en Borges), reconocemos sus pautas y obsesiones: los gatos, el poder de los sueños, su amor por la mitología, su respeto por la magia… A veces, su fuerza encuentra límites y no desafía el gusto como logra poderosamente Clive Barker, más valiente y por ello, más arrinconado. Gaiman no es un autor minoritario, se comunica con el gran público, lo busca y él lo transforma en bestseller y tal vez con el tiempo, sea longseller.

Neil Gaiman

 

A menudo, sus textos parecen los de un forastero, los de un intruso caído en nuestra época, huele a siglo XX, pero su atuendo pertenece a otro siglo como muchas de sus criaturas: viejas fábulas instaladas incómodamente en un piso de pocos metros. Al contrario que las Fábulas de Birmingham, las criaturas de Gaiman se mueven como un gigante en una cacharrería.

En otra dimensión, con el beneplácito de los Eternos, Gaiman hubiese sido un aedo, un trovador, un ciego de aleluyas o un goliardo. En nuestro tiempo, que amontona pelusa hecha de tradición y de prejuicios, es considerado un novelista -según algunos- de género fantástico y juvenil. Se equivocan.

 

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