Caminando hacia la frontera

Allá por la década de los noventa, el hoy mundialmente reconocido escritor estadounidense Cormac McCarthy dio vida a tres obras que posteriormente se conocerían como La trilogía de la frontera: Todos los hermosos caballos, En la frontera y Ciudades de la llanura. Tres piezas de orfebrería que por separado son magníficas pero que en conjunto adquieren una dimensión literaria difícilmente igualable: sí, estamos hablando de una obra maestra. Las andaduras de John Grady Cole y Billy Parham por el territorio fronterizo entre Texas, Nuevo México y México son divagaciones en torno al límite situado entre la vida y la muerte, el sueño y la vigilia, lo mundano y lo excepcional, entre lo sagrado y lo secular. Divagaciones que se plasman en el vagabundeo de ambos por el mundo y la vida, dos personajes sin ruta ni destino que hacen del mundo su territorio. La libertad como último espacio a conquistar por la imaginación humana.

McCarthy escribe de tal manera que logra abrir una brecha por la que se cuela lo terrible y lo bello, su escritura sabe combinar a la perfección la prosa, el diálogo y la reflexión filosófica de tal manera que, cuando te encuentras inmerso en su lectura, logra que todo fluya sin que uno se dé cuenta de cuan fácilmente pasa de uno a otro.

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La primera parte de esta trilogía, Todos los hermosos caballos, se disfraza de novela de aventuras, pero la fuga de John Grady y Lacey Rawlins es una excusa para realizar un descenso en el pasado de México y dotar de vida al paisaje desértico que los envuelve a través de las múltiples narraciones que los habitantes de dichas tierras narran a ambos. El autor norteamericano, al igual que ya hizo Cervantes, inunda de pequeños relatos el río principal de la novela, a modo de espejos que devuelven una imagen diferente; un juego de ventanas que se abren a un espacio indefinido, un juego de reflejos que definen los contornos borrosos de un mundo irreconocible.

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El ecuador lo conforma el relato del joven Billy Parham, de su búsqueda de una loba. En la frontera es una durísima obra en la que el motor principal ya no es escapar a otros espacio sino la búsqueda incansable, la indagación, el rastreo. La narración vuelve a abismarse en pequeños relatos que conforman la caza de Billy, puesto que nada más alcanzará que la visión de una naturaleza corrompida por los sueños de los hombres, poblada por los fantasmas de ciudades que, al límite de su existencia, buscan persistir en los sueños de la humanidad. El mundo onírico adquiere en esta segunda obra una dimensión que ayuda a desdibujar la dureza del paisaje y convertirlo en un esbozo de un mundo que no ha sido y no ha llegado a ser. Un limbo convertido en realidad por la pluma de McCarthy.

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Y con Ciudades de la llanura llegamos al final de este viaje literario. Un final que reúne en un mismo espacio a los dos protagonistas de las anteriores novelas, John Grady y Billy Parham, en una hacienda de la que están a punto de ser expropiados. Como vestigios de un mundo que desaparece, ambos se mueven en un espacio definido por su carácter efímero. La novela se desliza de un personaje a otro, se deshace ante la mirada del lector con el objetivo de mostrarnos la frágil constitución de la vida, de los sueños y los deseos, los temores y los anhelos. De esta manera, la obra transmite perfectamente esa sensación de desvanecimiento, ese instante de duermevela, en el que dos mundos cohabitan por última vez antes de que uno conquiste al otro definitivamente.

Pero esta obra guarda un último secreto, un epílogo descomunal, para enmarcar y no olvidar, un epílogo en el que se realiza una de las mejores elipsis de la historia de la literatura: un salto cincuenta años hacia el futuro, ubicando la narración en el pasado próximo, a inicios del siglo XXI, cuando todo el universo de los protagonistas se ha desintegrado y sólo queda su presencia dubitativa en un mundo habitado ya, ahora sí, por los fantasmas que han recorrido sus vidas. Un epílogo que funciona a modo de reflexión sobre la muerte, la desaparición pero, sobre todo, una meditación sobre el arte de narrar y del poder del narrador para dar vida y llevar a lo ficticio, lo inventado, lo soñado más allá de la propia realidad.

Allá por la década de los noventa, a finales del siglo XX, Cormac McCarthy creó una obra imperecedera, una obra de múltiples significados, de capas infinitas y que invita a la reflexión y al deleite de la forma más pura imaginable. Un narrador prístino, capaz de crear sensaciones con pocas palabras, de crear historias con personajes y sucesos mínimos. Si alguien tiene ganas de leer una obra que difícilmente podrá olvidar, que se asome y atraviese la frontera de la mano de McCarthy, que se asome a un modo de entender la narración como una manera de vivir la eternidad. El sueño de todo lector:

 

“Toda muerte suple a otra muerte. Y puesto que la muerte nos llega a todos el único modo de mitigar el miedo que nos causa es amar a aquel que nos suple. No estamos esperando que se escriba su historia. Pasó por aquí hace mucho. El hombre que es todos los hombres y que está en el banquillo en nuestro lugar hasta que a nosotros nos llegue la hora y tengamos que ocupar su puesto. ¿Amas a ese hombre? ¿Harás honor al camino que ha tomado? ¿Querrás escuchar su historia?”

Ciudades de la llanura, Cormac McCarthy

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