EL hombre de mimbre

(AVISO: el artículo no sólo valora y analiza la película, también desvela ciertos aspectos de la trama)

I

Cuando miramos de frente la Vida, no sabemos bien qué hacer. No me refiero a la vida en términos biológicos (Zoe: vida como fenómeno extratemporal, la especie y no el espécimen), donde sí hay reglas, medidas, mecánica e, incluso, unas fechas fijas; sino más bien la vida como ese turbio asunto que es la existencia, es decir, el bios como tan bien matizaban los griegos: vida individual, tiempo con sentido y vivido. El bios se siente, se admira, pero rara vez se comprende. La filosofía y la experiencia pueden dotarnos de instrumentos para comprender el sentido de la vida, el laberinto de las emociones; la religión y ciertas drogas pueden suplir las preguntas con nuevos misterios o consuelos metafísicos.

Pero la vida es dispersa, inmediata; su curso, impredecible; sus límites, como el mar, son fluctuantes; el corazón puede diseccionarse, pero los latidos causados por el miedo o el afecto son ajenos a la ciencia. El origen de una lágrima nacida de la tristeza, ciertos accidentes y azares se escapan al análisis de una probeta. Y es de agradecer que la ciencia encapsule o dosifique ciertos aspectos del hilo de la vida, pero nuestro existir es más complejo: la depresión no puede ser domada sólo con química, tampoco la felicidad o el deseo pueden reducirse a unas reacciones químicas y neuronales. El hilo de la vida no puede catalogarse, aunque la rueca sea compartida por todos.

                                                

 

II

Orilla fértil, donde algunos bebemos, es la del Arte. Sus márgenes lindan con la vida, pero su materia la forman la técnica, los géneros, la tradición y aunque los románticos y las vanguardias se propusieron con furia o inocencia dinamitar las reglas, el arte es un artefacto, una pieza artesanal, cuyas bambalinas los mejores maestros saben disimular. Y el espectador sabe a qué atenerse. Con la vida, el estupor y la perplejidad son la sopa diaria y durante la rutina algo puede catapultarnos. Esperamos, por el contrario, que el arte nos eleve mientras la vida nos aturde, nos dispersa y tambalea; el contorno de un poema o el de una novela condensan una realidad, una presencia que muere con el blanco.

Hay ciertas obras que logran ser cuando rompen lo enunciado anteriormente. Una película tan barroca como delirante –Love Exposure de Sion Sono-, un cómic que cabalga entre el humor y la metafísica urbana –Bola 8 de Daniel Clowes-, el delirio lúgubre y freudiano de un film de culto –Carretera Perdida de David Lynch-, ciertos poemas de Blake o Rimbaud… o la película que me ocupa comparten unos rasgos que trascienden el arte y trastornan nuestra vida. No son únicas porque parezcan o imiten con perfecto ritmo la vida: Tolstoi, algunas películas de la Nouvelle Vague, algunos diarios o cronistas como David Simon o Gay Talese sí son proyecciones de la vida, transmiten su caos y sus detalles. No, The Wicker Man y las obras mencionadas tienen una cualidad vital: son inclasificables.

Nuestra película en cuestión, maniatada por el mediocre eco de su remake, la  protagoniza un bobby que aterriza en una isla con la intención de reunir información y averiguar dónde se encuentra una joven desaparecida. A partir de este punto de partida, emerge un relato que no se acomoda a un género: ¿misterio policial, parábola religiosa, fábula de terror, musical erótico-pagano?. Cuesta imaginar la reacción del público de 1973 ante este soberbio ejercicio de provocación, que admite una suerte de erotismo extraño, donde la hija del tabernero ejerce de oscura sirena, los niños bailan en torno a un falo simbólico, las embarazadas celebran rituales desnudas en torno al fuego… La música, elegida con acierto, entronca con la dulzura y el aire gaélico con letras explícitas, juguetonas, burlonas para reforzar la incomodidad que rige todo el film.

    Escena que ilustra el ritual de fertilidad en la isla Summerisle

A pesar de la sensación de constante malestar, impresa en el rostro del cada vez más alienado policía, está toda la película llena de regocijo, de festejo y en la que sólo el policía, garante de un orden caduco, representante de la ley y el poder –aparentes-, es nota discordante. Patético y autoritario, buscador de una verdad que como a Edipo lo condenará, nuestro testigo representa al inquisidor que juzga a la comunidad pagana y que será víctima -atraída por una falsa presa: una niña desaparecida-, juez y mártir que viene de tierra firme, de paradigmas sólidos cuestionados por un irónico Lord Summerisle. Como Alicia, aparece tras la madriguera convertido en alimento de los dioses. Cada paso en desvelar la verdad, lo aprisiona y encadena más, igual a la cucaracha atada a un clavo; individuo solitario frente a la comunidad, asienta su voluntad en unas convicciones fuertes, basadas en la fe cristiana, en la abstinencia, en ley, todo burlado y alterado por los isleños. Ambos paradigmas, el pagano y el cristiano, se encuentran como espejos al final del camino. ¿No resulta tan sectario en su obstinación el policía como la tribu? Alegato contra las religiosas que asume el universo de Machen y Lovecraft, decorado por dioses crueles e inmemoriales, sin entrar en lo maravilloso, pero sí en lo simbólico.

Es imposible abordar en este texto los asombros que suscitan esta película, su inagotable riqueza simbólica (el agua, el fuego, las máscaras, los desnudos y los uniformes…), las posibilidades de su juego perverso… En la suma de sus componentes, es una obra sublime –en su sentido más romántico-, tan hermosa y terrible como la vida misma.

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